Pobre institucionalidad: Cultura e identidad social y política en la República Dominicana

Artículo de Bernardo Matías,

sobre el tema de la no institucionalidad y el incumplimiento de las reglas en RD

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TOCANDO EL FONDO

INCUMPLIMIENTO DE LAS REGLAS EN LA SOCIEDAD DOMINICANA ¿CULTURA O CONTRACULTURA? 

BERNARDO MATIAS

Nuestra sociedad, desde los albores de la colonización, ha estado asentada lo que a primera vista para una desconcertante, dañina y paralizante cultura del incumplimiento de las reglas y las normas. No obstante, este comportamiento individual y colectivo debe ser situado en un contexto cuyas raíces inician con el mismo modelo colonizador implantado arbitrariamente por los españoles, y que se profundiza durante el período postcolonial con la configuración de relaciones sociales y económicas duales (capitalismo vs. precapitalismo) y excluyentes; y de un Estado de naturaleza conservadora y autoritaria.

En efecto, el período y colonial se caracterizó por un desfase de la realidad socioeconómica, política y cultural de la colonia con los valores y las leyes directamente importados desde la corona. La imposición de las autoridades y las leyes generaron la cultura del cimarrón no sólo en los negros esclavos, sino en los propios colonizadores excluidos del poder. Las rebeliones frente a leyes impuestas fue un fenómeno que marcó la vida cotidiana de la colonia. En ese sentido, el no acatamiento de las reglas coloniales, más que una cultura, se constituyó en una contracultura, en una resistencia frente a lo arbitrariamente impuesto.

De aquí se desprende un primer supuesto: la imposición de leyes y valores, al margen de la realidad concreta de una sociedad, tiende a generar un tipo de resistencia que deviene en cultura de desacato a las reglas y al establecimiento de códigos de comportamientos implícitos e informales que son respetados y asumidos en los microespacios y terminan funcionando como contracultura. Los negros cimarrones se dieron sus propias normas de relaciones grupales; el campesino se dio patrones de comportamiento que moldearon y regularon sus relaciones informales; en el espacio urbano las redes informales tienen sus propias reglas de juego.

Esta tensión entre modelo impuesto y resistencia se acentúa durante el período independentista y postindependentista. Esta etapa de nuestra historia se caracterizó por una lucha constante entre la imposición de un modelo de Estado de factura europea y la realidad de la nueva sociedad. Los liberales estuvieron influenciados por una visión europeizante del Estado y la sociedad, mientras que los conservadores, además de su eurocentrismo, configuraron la idea de un Estado cuyo fundamento no era la ley ni la norma, sino la figura del caudillo, sus intereses y caprichos personales. En ese escenario, el país vivirá la tensión entre darse un Estado a la medida de nuestro desarrollo social y económico o conforme a las ideas eurocentristas dominantes.

Simultáneamente la sociedad dominicana se iba moldeando con el desarrollo de una economía dual donde el capitalismo asomaba la cabeza y las relaciones precapitalistas en lugar de desaparecer se enraizaban y resistan a morir. Esta dualidad económica marcará en gran parte el comportamiento dual de nuestra sociedad frente a lo formal. El capitalismo por su propia naturaleza requiere de normas y leyes funcionales, en cambio en las relaciones precapitalistas la informalidad, el compadrazgo, las relaciones primarias, funcionan por encima de las leyes y normas. El precapitalismo no significa ausencia de reglas, sino que lo predominante es la presencia de códigos éticos informales que operan funcionalmente al margen de lo normal o prescriptivo dentro de la esfera del Estado.


Contrario a la imagen construida sobre el funcionamiento de las leyes durante la dictadura trujillista, este fue el período donde más se configuró una cultura del desacato de las reglas o leyes. Con Trujillo se institucionalizó la cultura de que quien tiene o controla el poder puede violar las reglas sin que degenere en consecuencias condenatorias. La ley existía para quien estaba fuera de la estructura de poder del dictador y caudillo, en cambio todo aquél que formara parte de su favor o agrado tenía carta abierta para el desacato y la instrumentalización de las normas legales.

Por su parte, el balaguerismo no sólo será un continuum de esta cultura del incumplimiento de las reglas, sino que será el período de su justificación e institucionalización. La visión instrumental de la Constitución y las leyes moldeará toda la sociedad. Es el Estado mismo quien llama a violar las leyes y la Constitución, cuando Balaguer define a la Constitución como". Este absurdo político nos convierte en una sociedad única. Parte de las funciones del Estado es garantizar el cumplimiento de las reglas establecidas por él mismo. Nuestra sociedad inaugura una ideología del desacato de las reglas, la cual es enarbolada desde el mismo Estado. Esta práctica contradictoria, perversa y dañina en lugar de erradicarse en nuestra sociedad se ha ido soldando y consolidando cada vez más.

Las relaciones desiguales y las asimetrías sociales motorizan el relajamiento de las propias instituciones públicas, hace más difícil la construcción de una cultura ciudadana que facilite la adhesión a las reglas y normas de la sociedad. La exclusión y la fragmentación social genera un ciudadano que hace de la ruptura de lo normativo un mecanismo de supervivencia. Es la cultura del “cimarrón” que busca sobrevivir frente a las exclusiones generadas en “las plantaciones”. Pero es a la vez la cultura del “amo” que entiende que su poder lo convierte en persona invulnerable e intocable cuando viola las reglas y las leyes. Él es su propia ley.

Dentro de las crisis éticas que vivimos en nuestra sociedad, el incumplimiento generalizado de las reglas y las leyes constituye uno de los más graves. Este comportamiento arropa la vida individual, familiar, social e institucional. Cada vez más el incumplimiento se asume como un valor esencial de supervivencia y se ha ido convirtiendo en un comportamiento socialmente tolerado.

Los dominicanos y dominicanas, al igual que otros países latinoamericanos, hemos desarrollado los mecanismos más diversos y variados para el desacato y la burla de las leyes y las normas. Se burlan, violan y desacatan las normas de salud, de orden público, en las universidades, de tránsito, ventas ambulantes, en los partidos, en las familias, las iglesias, las organizaciones públicas y privadas. Sin embargo, pocas veces hay consecuencias. Cuando un colectivo internaliza que el incumplimiento de las normas, las reglas o compromisos no tiene consecuencias, el resultado final es que el relajamiento de las reglas de juego termina siendo parte de su identidad.

El incumplimiento de las reglas arrastra en cadena una serie de consecuencias que frenan el desarrollo de una sociedad. Una de las consecuencias de la cultura del incumplimiento es que corroe la convivencia y los tejidos sociales de un país; existe una percepción de ilegitimidad y desconfianza de la autoridad y las instituciones; se impone el individualismo con la consecuente pérdida de lo colectivo.

Una sociedad se construye sobre rocas cuando establece un conjunto de valores considerados “duros”, innegociables, los cuales trascienden a las instituciones, los individuos y a las generaciones. La cultura del cumplimiento de las reglas nace en el seno de la familia y se institucionaliza en el Estado y las redes de organizaciones que cohesionan la sociedad. El cumplimiento implica relaciones de respeto mínimamente humanas entre unos y otros, pero especialmente cuando el Estado se convierte en el principal promotor de una nueva cultura ciudadana.


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