Escrito de Margarita Cordero: la madre sensorialmente ausente y el Alzheimer.

Josefa Ylia Guerrero es la madre de Margarita Cordero, ya fenecida, ,  ante este evento, la hija, escritora, estudiosa, nos abre su corazón. Nos presenta parte de la intimidad de ella con su madre, enfocando la vivencia con doña Josefa Ylia, por esta haber sufrido la enfermedad del Alzheimer .

Bonita prosa, poesía y ciencia. Me encantó este escrito: formativo, informativo, ¡bello!

Mildred Dolores Mata

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MI MADRE Y EL ALZHEIMER.

Por Margarita Cordero
Madre de Margarita Cordero


A su memoria.

Durante por lo menos estos últimos diez años, he sido una prisionera silenciosa de la enfermedad de mi madre. No aludo a que le prodigara cuidados, que esa tarea fue cumplida por las muchas y fantásticas mujeres que desfilaron por el apartamento del que mi madre nunca disfrutó y donde, forzosamente enclaustrada en ella misma, su corazón decidió esta mañana del 21 de agosto de 2014 dejar de latir. Mi prisión tenía un sentido mucho más destructor: yo era prisionera de su degradación, que fue progresando lenta, implacablemente, hasta convertirla en nada.

Margarita Cordero, periodista
Como sucede con todos los enfermos de Alzheimer, mi madre comenzó poco a poco a dejar de recordar. Sabía que olvidaba y yo imaginaba su desesperación creciendo a la par de sus olvidos. Un día descubrí un cuaderno donde anotaba fechas, nombres, y describía escuetamente acontecimientos a modo de endebles tablas de salvación en el naufragio de su memoria. Sabiendo que aquella mujer estaba cada día dejando de ser ella misma, quise abrevar hasta el último dato de su biografía, y durante largas mañanas de domingo me senté con ella en el comedor del apartamento a oírla hablar de cosas, razonaría después, que solo sacó desde el hondón de su alma porque ya los resortes del control de su vida dejaban de responderle, vencidos por el encogimiento de un cerebro que se convertía minuto a minuto en cementerio de neuronas inútiles. Hablamos cada domingo mientras fue capaz de recordar el pasado y perdía a la par la noción del presente. Supe entonces de sus devastadores dolores recónditos, de sus sueños frustrados, de esas pequeñas cosas cotidianas que, de haberlas tenido, le hubieran puesto una sonrisa en los labios. De sus incontables cicatrices. Paradójica y dolorosamente, la enfermedad que la minaba la hizo confiarme sus secretos. Alguna vez pensé en grabarla, pero desistí porque me pareció obsceno. Entendí en esa época muchas cosas de ella. Entendí ese empecinamiento en cerrarse a cal y canto al disfrute, a los modestos placeres de la vida. Entendí la rabia que parecía acompañarla siempre, pero sobre todo entendí por qué teniendo un corazón tan grande y generoso, fuera avara en la repartición del amor: tenía miedo de nuevas heridas, lo supe como una revelación en aquellas mañanas de domingo que fueron las últimas de su lucidez. Y la amé con rabia irrefrenable, porque, en su intensidad, era un amor tardío.

En la medida en que ella se perdía de sí misma, yo comencé a tratar de reencontrarla en toda la información sobre el mal de Alzheimer, científica o meramente divulgativa, que caía en mis manos. Dueña de la potestad de publicar información noticiosa, cada día revisaba el servicio de agencias en busca de algo que orientara a los lectores sobre esta enfermedad terrible como ninguna otra. Mas no voy a engañarme: toda esta dedicación al tema, silenciosa pero febril, era una suerte de exorcismo de los demonios de mi propia rabia e impotencia de verla irse cuando todo aparentaba que se quedaba. Quería salvarme del dolor explicándome el proceso desde la asepsia de la opinión incontrovertible por informada; poder encajar el dato, como si la vida de mi madre fuera un rompecabezas, con el momento exacto de su deterioro cada vez más visible. Corteza que se achica, hipocampo que se contrae, ventrículos que se agrandan. Placas, maraña de neuronas dañadas. Alzheimer temprano, alzheimer moderado, alzheimer tardío o severo. Los estragos en los cuidadores de los enfermos de alzheimer. La jerga y la distancia. Eso quise aparentar que quería.

Paralelamente, sin embargo, y esa fue la trampa emocional que me tendí a mí misma, comencé a bucear en los estragos del Alzheimer en la vida de las personas de carne y hueso que la sufrían. Millones de personas lo padecen en el mundo, pero de solo unos pocos conocemos la tragedia porque su relevancia no apaga nunca los focos. Me desvelaba, encendía la computadora y navegaba sin horario en un mar de informaciones en busca de asideros a cualquiera de mis particulares emociones. De las notas generalmente necrológicas de los famosos vencidos por la enfermedad, espumaba las frases que los desnudaban en su insuperable indefensión o en su valentía. Y a esas frases les ponía la voz de mi madre, porque me hubiera gustado escucharla a ella decirlas.

Hace apenas una semana, publiqué un reportaje de una agencia extranjera, “Las caras del alzheimer”: el escritor británico de ciencia ficción Terry Prachett, el actor Charles Heston, el miserable expresidente Ronald Reagan, la bellísima Rita Hayworth. Todos muertos antes de morir.

En 2006 0 2007, Hugo Claus, considerado el autor viviente más importante de Bélgica, fue diagnosticado con alzheimer. En 2008, en el día de su elección, de sus propios pies y rodeado de familiares y amigos, caminó hasta la clínica que había elegido para que le practicaran la eutanasia. Conocido su diagnóstico y decidido el momento de su muerte, dijo en una entrevista que él era su memoria y que perderla era perderse a sí mismo como escritor y como persona. Más que conmoverme, sus palabras me fascinaron.

¿Qué somos sin esa posibilidad de recordar lo bueno y lo malo, lo dulce y lo amargo?¿De reconocer a los que amamos y a los que odiamos, a los que nos dejan indiferentes y a los que ponen en nuestro rostro, como si fuera un ramalazo, la sonrisa o el rictus del que jamás volverán a ser protagonistas? ¿Qué somos sin la capacidad de disfrutar de un paisaje o de una canción, de una voz, de una risa, de un llanto? ¿Qué somos si la pérdida de la memoria nos despoja de nuestra biografía, si nos vuelve perniciosamente atemporales porque el pasado ha sido borrado, el presente es una caja negra y el futuro no existe?

Sobra decir que indagué sobre la vida de Claus con pasión y me compré sus libros para encontrar en ellos el hombre que él era hasta el momento mismo en que el suicidio asistido, libremente elegido, le ganó la pelea a la ineludible devastación neuronal. Desee entonces que mi madre viviera en Bélgica.

Un mediodía de febrero de 2011, me quedé sentada en mi carro hasta que finalizara el largo reportaje en homenaje a la actriz Annie Girardot, un ícono del cine y del teatro francés, muerta a consecuencia del alzheimer. Pocos meses antes, o qué se yo a estas alturas, le ofrecieron un homenaje en el que ella dijo no estar “todavía enteramente muerta”. Recordó a los hombres que había amado y les agradeció los momentos de felicidad que le regalaron. Y lloré escuchándola, una voz que la sobrevivía gracias a la tecnología, aferrada yo al volante de mi carro.

A finales de noviembre de 2013 leí la contribución que el doctor Arnoldo Kraus escribió con el título “Todo está en la mente: Alzheimer”, para la revista Letras Libres. A través de este artículo llegué no solo a su libro “Morir antes de morir. El tiempo del Alzheimer”, el relato a diez años de distancia de lo que significó para él la muerte de su padre por esta enfermedad, sino a otros libros y autores volcados sobre el tema. Y así, hasta hoy, con una voraginosa y febricitante necesidad de encontrar a mi madre en algún lugar de aquellos tortuosos caminos.

“La enfermedad de Alzheimer es cruel y desalmada: tiene un espacio en el infierno y en sus lomos se lleva ‘un poco’ a los familiares de los afectados. Cuando murió su viejo, a pesar de todo lo sufrido y ante la imposibilidad del lenguaje, una paciente amiga le reclamó: ‘Moriste sin avisarme’”, escribió Kraus como si fuera para mí. Mi madre murió sin avisarme hace ya muchos años.

Del largo poema con que termina el libro de Kraus, “La muerte detenida”, quiero recordar y hacer mías las últimas estrofas que me explicaron entonces, y me seguirán explicando hasta que yo también abandone este mundo, mi propia dolorosa, callada, lacerante obsesión de estos últimos diez años:

La vida muerta duele:
ni la tierra ni el cielo ni el amor bastaron.
Mi padre seguía cayendo
y el cementerio aguardaba en vano.

Mi padre caía:
las palas cavaban en el cielo,
las aves volaban en la tierra.
La gleba no se inmutaba.

Mi padre caía, se desgajaba,
se iba, se moría.
Todo era nada.

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