Indefiniciones (cuento)

El cuerpo de Dary ondeando entre el agua azul, parecía un pez grande y suave. Llegaba hasta el piso de la piscina, y se quedaba quieto durante unos minutos. Yo temía un poco por tanta quietud, pero luego, él subía a la superficie, salía de la piscina y nos recostábamos en la orilla, sobre la grama. No me cansaba de mirar sus ojos, besar su cara, apretar sus muslos, mientras pensaba en sus últimas proezas, las cuales encandilaban mi alma y mi cuerpo.

Salíamos de la universidad conversando sobre si el ingreso percápita es un buen indicador de desarrollo; si el mismo no encubre la pobreza, promediando los ingresos de los ricos y de los pobres. Discutíamos sobre si era correcto el dejar que una menor de edad se mudara con un joven, aun sin mucho futuro económico, social y moral. También hablábamos de la poesía. A él le encanta la poesía, los temas de espiritualidad, y nuestro deseo de algún día poder tener una terapia de regresión a nuestras vidas pasadas.

Dary tiene un cuerpo parecido a Alex Rodríguez. Sí, ese; el jugador de béisbol. Su ropa se ciñe a su cuerpo, sin parecer vulgar. Tiene 20 años, y yo 21. Es alto, unos 6.2, de piel trigueña, ojos pequeños, traviesos, que no desmienten su timidez, inexplicable. Todo un misterio. No se sabe que vivencias de su niñez, mal interpretadas, le hacen tener un poco de temor a la gente.

Mi padre quiere que nos casemos. Le teme a las relaciones sexuales. Casi siempre hay estrés en casa. Mi madre y mi padre tienen diferencias sobre esto. No puedo mudarme de mi casa, no tengo posibilidad de estudiar y trabajar. Mis estudios me absorben. Por su parte, Dary se nota cansado de tantos inconvenientes para poder salir, encontrarnos. Tampoco quiere casarse.

Ahora estoy sola. Hace tres meses que no veo a Dary. Mi pasividad me espanta. ¿Será que no sé amar? Mi amiga Lia Mai no comprende como puedo moverme y continuar estudiando con tanta paz, a pesar de la ruptura. –Charo, tu pronóstico no era bueno. Cualquiera pensaría que no ibas poder manejar esta injusticia, a la que te sometieron tus padres, y que no permitió el disfrute, en tu relación con Dary –me decía, con sus hermosos y limpios ojos, un poco tristes.

Estamos a finales del año 2004, en una pequeña ciudad del Caribe hispanohablante.

Soy alta, blanca, ojos grandes con largas pestañas, mirar bucólico. Soy alta, más bien fuerte, aunque delgada; mi pelo es negro, rizo. Mi cuerpo se desliza como si fuese ágil, pero en realidad no lo soy. De estado de ánimo cambiante. Estudiante regular. He dejado de nadar. Empujo la vida por delante con un alto sentido de sobrevivencia. A pesar de todo creo que sé amar.

Ahora siento dolor, no sé bien quien soy, ni para donde voy. La pasividad me mata. Mi presente me permite amar a mis amigas, el mundo de la universidad, y me gusta la política.

Si bien siento un poco de dolor, pero no sé luchar con pasión. Parece que mi alma está enferma de quietud. No he vuelto a ver a Dary. Tampoco sé si me quiere. Creo que el amor es difícil para una pueblerina idealista, pero sin agallas. Aun así, tengo un poco de amor para vivir.

Mi padre está contento, su hija ya no tiene novio.

Y yo, Charo; rechazo las limitaciones para una joven poder amar en libertad. Sólo lo pienso hacia dentro, pero no sé gritarlo. Quizás sólo estoy en una pesadilla.
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