Mostrando las entradas con la etiqueta identidad dominicana. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta identidad dominicana. Mostrar todas las entradas

Por una modernidad con alma: la apuesta de Mukien Adriana Sang Ben

Mukien Adriana, en este artículo nos habla de algunas de las distintas utopías de la humanidad por siglos. Termina asociando la patria como el amor, la solidaridad ,en un terruño. Denuncia el materialismo, el amor al dinero, como el signo que prevalece en el siglo XXI, y apuesta a la utopía de la dignidad y la solidaridad humana, como su norte, y el norte que nos propone. Y se aleja del desconcierto,  de la banalidad, en que mucha gente está sumergida. La política, luce encadenada, y a la violencia en las relaciones interpersonales. El amor al  dinero hace sufrir en las relaciones de hermandad, estamos sufriendo  por esta escala de valores. Mukien Adriana rechaza la modernidad sin alma.
A leer a Mukien Adriana!!!!

mildred dolores mata
----




ENCUENTROS

 ¿Patria?

Por:  Mu-Kien Adriana Sang Ben

Patria,
jaula de bambúes
para un pájaro mudo que no tiene alas,
Patria,
palabra hueca y torpe
para mí, mientras los hombres
miren con desprecio las pies sucios y arrugados,
y maldigan las proles largas,
y en cada cruce de caminos claven una bandera
para lucir sus colores nada más...

Canto triste a la patria bien amada (fragmento), Héctor Inchaustegui Cabral

Decía Fustel de Coulanges, el célebre historiador francés del siglo XIX, que la patria es aquello que se ama y constituye la razón para luchar.  Inspirado en los movimientos políticos de la época,  como el liberalismo político, el intelectual, desde su cátedra universitaria, instaba a los jóvenes a amar y luchar por la patria, que en aquella época era  una utopía.   Sus ideas sobre sus convicciones liberales fueron publicadas en 1864 bajo el título,  La Cité antique  o La ciudad Antigua.  Aseguraba en su obra que en la antigüedad la noción de libertad era inexistente. Y que el concepto era un logro de la modernidad de su época. Aseguraba que  la humanidad contaba con una nueva autoridad sagrada y casi  divina que llamamos patria.

La patria fue el motor inspirador de los movimientos sociales y políticos del siglo XIX en Europa y América Latina.  Gracias a esa nueva palabra, los jóvenes de entonces forjaron sus sueños y sus utopías.  A ellos, a su entrega y a sus luchas heredamos estos países nuestros que hoy se desgarran entre sí.  Entonces no me queda más nada que preguntarme ¿En qué se ha convertido la patria hoy? ¿Tiene sentido la noción de patria en los inicios de la segunda década del siglo XXI, en la era de la cibernética, de la globalización económica?  No tengo respuestas a tan grandes preguntas.  Intentando responder nacieron otras más. ¿Será que la patria fue un momento de la historia, del capitalismo emergente, del liberalismo naciente? ¿Será que hoy el neoliberalismo ha sustituido los  sujetos políticos por los sujetos  económicos? ¿Será que ya no importan los sueños, sino las realidades?

La racionalidad histórica me demuestra que cada siglo tiene sus prioridades.  El siglo XV, en el momento del surgimiento de la burguesía comercial, se necesitaban nuevos mercados, por eso se produjo la aventura del descubrimiento (¿encubrimiento?).  El siglo XVII nos trajo la expansión y las luchas internas de los imperios europeos.  Perdió en la contienda España, la más atrasada de todas.  Con el nuevo siglo, el XVIII, la burguesía fortalecida necesitaba de una reorganización del orden político.  El control de la monarquía se hacía obsoleto, la burguesía quería tener participación en el ejercicio del poder político.  Entonces surgieron nuevas teorías políticas que se guiaron por las mágicas palabras de patria y libertad.  El siglo XIX fue la consolidación, expansión y fortalecimiento de la burguesía industrial. Fuero 100 años de grandes transformaciones sociales y nuevas y novedosas producciones intelectuales. Surgieron teorías contrarias que enfrentaban al capitalismo emergente y abogaban por la construcción de una sociedad igualitaria, Marx y Engels fueron los creadores de las nuevas teorías que inspiraron los  movimientos revolucionarios del siglo XX.  En el siglo pasado el socialismo real se convirtió en pesadilla. Su peor pecado fue el secreto de la libertad.  Las tensiones de la guerra fría fueron duras, largas y sangrientas.  En las postrimerías del siglo, el capitalismo ganó la batalla.  El mundo se convirtió en un gran mercado.  La cortina de hierro fue destruida.  Entramos al reino del poder del dinero y del desarrollo tecnológico. El siglo XXI, hasta ahora, en su primera década, no ha hecho más que consolidarlo: y, más aún, demostrar que a pesar de la burbuja financiera, el capital tiene múltiples fórmulas para sobrevivir a las crisis.

La sensibilidad de ciudadana, nacida en la mitad del siglo XX, testigo de actos heroicos de jóvenes que guiados por las ansias de libertad en contra de las manos opresoras de los dictadores, de izquierda o derecha, se lamenta con el derrotero que ha tomado el mundo.  La patria es hoy una falacia, una ficción, una noción del pasado.  La patria ya no inspira a los jóvenes. Ya no es motor de grandes hazañas. La patria no es nada. El dinero lo es todo.

Mientras tanto nos quedamos sólo con el país.  Es decir, el terreno enmarcado por fronteras políticas  impuestas.  Nos hemos quedamos sin patria, solo con la triste realidad del Estado; del poder político, por el que muchos aspiran, luchan y se enfrentan, pero pocos, muy pocos llegan. La lucha por el control de aparato estatal motiva a luchas tan mordaces y sórdidas que a ninguno de los partidarios le importa pisotear a quién se interponga en el  camino.  La ciudadana está triste porque, como dicen los poetas, la patria, nuestra patria, está plagada de egoísmos, injusticias y atropellos. ¿A quién deben cantar los jóvenes? ¿Sólo al dios dinero? ¿Al individualismo y al egoísmo?  Quizás esta ciudadana que escribe es una mujer producto de su época, y  que no quiere adecuarse, a las reglas ni al estilo que le impone la modernidad sin alma.

CUANDO RESIDO EN este país que no sueña
cuando vivo en esta ciudad sin párpados…
Cuando vivo en esta ciudad sin lágrimas
que se ha vuelto egoísta…
que ha perdido su ánimo sin haberlo gastado
pienso que al fin ha llegado el momento
de decir adiós a algunas presunciones
de alejarse tal vez y hablar otros idiomas
donde la indiferencia sea una palabra obsena….
La nostalgia se escurre de los libros
se introduce debajo de la piel
y esta ciudad sin párpados
este país que nunca sueña
de pronto se convierte en el único sitio
donde el aire es mi aire
y la culpa es mi culpa…
Quizá mi única noción de patria
sea esta urgencia de decir Nosotros
quizá mi única noción de patria
sea este regreso al propio desconcierto.
Nocion de Patria, Mario Benedetti


El sentimiento trágico de la dominicanidad, de Miguel Angel Fornerín (Tema Identidad Dominicana)

De Media Isla,  Agosto 7, 2010


A Bruno del Rosario Candelier, Presidente de la Academia Dominicana de la Lengua

 | ¿Tenemos que enseñarles a nuestros jóvenes que el mérito no se gana con el trabajo, sino que se consigue con la influencia y el padrinazgo?

En la dominicanidad hay algo de cuero. No se trata de las pieles que furtivamente, y en cambalache intérlope, mercadeaban barcos de las potencias enemigas de España en los pueblos de la banda del norte. No, en la dominicanidad hay algo de cuero, que podemos pensar en el horizonte de las Devastaciones de Osorio, como origen, como inicio de una manera de convivir y realizar la coexistencia. Siempre hay algo ilegal, alguna transacción que lastima el estatuto. Una sospecha. Hay una manera de accionar que nos distingue y nos lacera. Es una especie de marca que vamos regando por el mundo. Es la lástima ahogada y dicha con dolor por nuestros principales pensadores.

Es un cuero del fracaso. Allí donde paseamos desnudos y caminamos sobre el terreno rocoso de nuestros abismos colectivos. Las escenas trágicas que la historia contiene y que muchos quisieran obliterar… De las Devastaciones, pienso en el sacerdote que se dejó quemar en su iglesia antes de cumplir el edicto real; otros, por el contrario, preferirán quemarse en el infierno de sus propias abyecciones.

Pienso en la carta enviada por Pedro Santana, cuando aún estaba latente el peligro que representaba el invasor, en la que le pedía a la Junta Central Gubernativa que le relevara de sus compromisos, pues lo suyo era atender su finquita de El Seibo. Rememoro y traigo a su atención las noticias de corrupción y mal manejo de los dineros públicos en el mismo tiempo en que se fundaran nuestras instituciones democráticas. Y no dejan de ser ejemplares las hondas preocupaciones del dominicano más extraordinario de esa época, el probo Pedro Francisco Bonó.

Las iniquidades de nuestros hombres públicos son parte fundamental de esa dominicanidad cuera. El alejamiento de Duarte y su refugio en alguna tribu indígena del Orinoco; el fusilamiento de Sánchez, nuestro más decidido y aguerrido dominicanista, de María Trinidad Sánchez, y muchos más. Sólo nos queda recordar en nuestra historia la lacerante admonición que se desprende de las palabras de Pepillo Salcedo a Gaspar Polanco, “con la misma vara que midas te medirán”, dicha al medir el hoyo en que lo entrarían sus adversarios.

El cuero de la dominicanidad no es físico; ni tan siquiera se puede recuperar del todo como la alegoría de la mujer que vende su cuerpo en un hotel de mala muerte. El cuero de la dominicanidad es un doblez que no tiene fuerza de ser yo, de llegar a ser sujeto. Es un abandono de su propia fuerza a favor del otro poderoso. De un autoritarismo que únicamente vemos cuando estamos en la oposición, pero que ignoramos cuando llegamos al gobierno.

Esa realidad que no ha podido encajar en los esquemas europeístas de muchos de nuestros pensadores, pero ha quedado bordado con hilos de intenso dolor existencial en muchos de sus escritos. Y que el Dr. Balaguer llamó pesimismo dominicano. No fue José Ramón López quien lo inauguró, no recuerdo haber leído a López desde esa óptica, sencillamente porque pretendía hacer ciencia y se alejaba demasiado del objeto, y en la visión trágica hay algo de dolor, de melancolía, de patología, que el autor de La paz en la República Dominicana no tenía.

Los dos atormentados que inician el camino tortuoso de esa dominicanidad trágica como reflexión fueron Américo Lugo y Federico García Godoy. Lugo desde su visión hostosiana y García Godoy desde su arielismo. El primero por su convicción de que el pueblo dominicano no constituía una nación, porque los elementos que la pueden construir no existían. El segundo porque, ante la inminencia de la invasión americana y Lugo en la misma coyuntura, no podían levantar el espíritu nacional en una cruzada dominicanista. El Derrumbe es el gran lamento del postitivismo-arielista de García Godoy y el más patético esfuerzo de la intelectualidad por cambiar el estado de indefensión del colectivo dominicano.

El otro es, sin dudas, Francisco E. Moscoso Puello. Su diatriba contra la dominicanidad en Cartas a Evelina es ya la suma del sentimiento trágico del ser dominicano. Desde su atalaya de San Carlos, el letrado se pregunta por qué ha nacido en esa isla y por qué se dedica a tan angustiosas reflexiones. Hay allí, como usted bien sabe, un catálogo muy bien argumentado de lo que algunos pudieron llamar nuestros genes recesivos, de las taras sociales y sicológicas que definen a ese ser etéreo que llamamos el hombre dominicano.

Juan Bosch nunca estuvo tocado por esta preocupación. Él trabajaba con otras positividades. Leía la sociedad como un libro abierto; era lo social lo que entraba en la obra de Bosch, no fueron los esquemas ideológicos los que formaron su visión social, ni le dieron fuerza a su interpretación de la realidad dominicana. El libro era sabio en Bosch porque era obra salida del pueblo. En eso el autor de La Mañosa y López se encuentran.

La angustia por la dominicanidad no fue una preocupación de Balaguer. El no tenía que subir la cuesta; él estuvo siempre en la cima. Y no intentó remontar con su pensamiento nuestros grandes problemas, aun conociéndolos. No hizo de su vida un deseo de país, sino que el país le servía; era para él algo dado. El único libro de Balaguer donde lo trágico queda trasuntado es en La isla al revés, donde continúa las ideas de preocupación nacional frente a Haití que presentara en sus últimos escritos Manuel Arturo Peña Batlle. Éste tampoco realizó una reflexión trágica de nuestra nacionalidad, aunque sí de nuestro origen en La isla de la Tortuga, al analizar nuestro origen como el resultado de las luchas religiosas de Europa en América.
Juan Isidro Jimenes Grullón, el pensador más agudo de nuestras letras, tampoco entró en la corriente de los pensadores trágicos de la dominicanidad. Vivió y luchó como un intelectual, sin que su pensamiento fuera el de la imposibilidad de pensar, o de la imposibilidad del ser. Sus penetrantes ensayos sobre historia, sociología y política están ahí como legado para todos los que nos asomamos a la realidad dominicana desde la duda.
Antes de continuar quisiera apuntar dos cosas. Primero que Juan Bosch en Trujillo, causas de una dictadura sin ejemplo, Crisis de la crisis de la democracia de América en la República Dominicana y Composición social dominicana, libros que son los cimientos de su reflexión sobre el país, en las tres grandes etapas de su vida, no hacen alusión a los problemas dominicanos desde un perspectiva trágica, como algo inevitablemente cerrado por el tiempo o determinado por el “así somos”. Segundo, que tanto Bosch como Américo Lugo, prefirieron el exilio o el aislamiento antes que someterse a las veleidades del poder, las lujurias de nuestros déspotas. Cosa que les ha faltado a muchos de nuestros hombres de letras.

En los últimos años ha vuelto a surgir en el país un sentimiento de rechazo de la dominicanidad, de eso que lo dominicano tiene de cuero. Creo que tiene mucho que ver con la imposibilidad de vivir una dominicanidad, sin la lástima que nos acarrea llevarla. Ella es como un fardo pesado que el dominicano carga; lo lleva en San Juan de Puerto Rico, en Roma, en Berna, en Madrid… La vida nuestra, la manera dominica, cierta manera caribeña, es algo que nos convoca a pensar el país como proyecto fracasado, como espacio perdido. Es una desilusión con las instituciones, con los políticos, con los intelectuales silenciosos, que se prestan a todo lo que el poder les dicte. El dominicano que piensa su país desde otra perspectiva, parece decir, para ahí no voy a mirar, y antes que seguir subiendo la montaña cual Sísifo, mete la cabeza en la arena, como dicen hace el avestruz, o se aísla en la selva del Orinoco, como un Duarte desencantado con su propia obra.

La dominicanidad cuera nos lleva a la dominicanidad trágica. La adaptación de la nación al rasero de nuestros intereses, nos construye en una agrupación de gentes, gobernadas por una oligarquía de intereses personalistas que usa el patrimonio como algo suyo. ¿Qué decir del imperio de personajes semejantes del poder sobre las instituciones y símbolos de la cultura? ¿Qué decir cuando la lengua, que todo lo simboliza e informa, cae bajo el poder del veto político? ¿Cuáles son los paradigmas de valores cuando el poder y el dinero dan el laudo a los que tienen que llevarlo a una razón dialéctica? ¿Cuál es el ejemplo que damos a la juventud dominicana cuando el analfabeto es el maestro, el díscolo es profesor, el insubordinado es militar, el ladrón es policía, el ágrafo es académico, el cojo corredor de cuatrocientos metros y el gago sin esfuerzo excelente orador? ¿No hay que ser sumamente inteligente para entender que el doblado y el roto no lo son por culpa propia, pero es posible decir no, es posible parar la injusticia o dejarla que campee como potro salvaje sobre toda la vida nacional?

La historia dominicana está llena de hombres que no fueron capaces de decir y negar, detener a los poderosos y luchar sin importar las consecuencias. Juan Bosch, quien a usted tuvo en tan alta estima, es un ejemplo que prácticamente no espejea en el ambiente nacional. Una lástima que los que tuvieron más cerca de él se hayan olvidado tan pronto de sus enseñanzas. Juan Bosch, digo, vivió más de dos décadas alejado de la vida cotidiana dominicana por no rendirse al poder, a las afrentas de nuestros oligarcas, muchos de los que hoy se benefician de su trabajo y sacrificio. Entonces, ¿qué debemos pensar, profesor, que las acciones arriba interrogadas, la dominicanidad cuera y el sentimiento trágico nos vienen de no entender que la vida dominicana es así y no puede ser de otra manera? ¿Tenemos que enseñarles a nuestros jóvenes que el mérito no se gana con el trabajo, sino que se consigue con la influencia y el padrinazgo? ¿Tendríamos que asentir a todo lo que venga de arriba, porque de cualquier manera ningún esfuerzo altruista importa? No es ese, profesor, un espíritu disoluto, que no cabría jamás en el legado de Américo Lugo y Juan Bosch?

Le saluda,

Miguel Ángel Fornerín

Haití y República Dominicana: la mirada de Miguel Angel Fornerín, en la que relativiza el racismo bovarista en dominicana


Haití, nosotros y el bovarismo

Haití, nosotros y el bovarismo
MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN | Nos ha quedado una figura frágil, pero maravillosa de un hombre como Juan Pablo Duarte cuyos sueños nos unen a pesar de no haber sido elhombre de acción que fuera Sánchez ni el ambicioso político que cada día nos joroba la existencia. 
I
Algunas voces repiten que los dominicanos no queremos ser haitianos y que nuestra actitud colectiva está fundamentada en que el pueblo dominicano es racista. Siempre me ha parecido una afirmación falsa. Leyendo a Moreau de Saint-Méry he vuelto a encontrar razones para refutar tan desaguisada opinión. 
II
El dominicano no quiere ser haitiano porque los valores de los haitianos, que respetamos y muchos de ellos compartimos, son el resultado de un proceso de negritud y los nuestros de acriollamiento, sobre todo de acriollamiento mulato. Las islas hispánicas, es decir bajo la cultura y el coloniaje español, han tenido un derrotero distinto al de las islas francesas e inglesas. 
III 
Los que han escrito sobre ellas en su conjunto han priorizado una lectura, que si bien es correcta por el mismo hecho de ser su mirada muy panorámica, no ha dejado de ser reduccionista o demasiado matizada hacia un aspecto sobresaliente de nuestra identidad. Pongo dos ejemplos, Juan Bosch define el Caribe como espacio codiciado por las potencias europeas para el desarrollo del capitalismo moderno: un Caribe que funciona bajo la metáfora de frontera acuática; un lugar de sangre y sufrimiento, del indio, el negro, el mulato, el chino y el indú, traídos en una diáspora forzada por los imperios europeos. El de Bosch, es un libro de geopolítica. 
IV 
En menor medida, pero tomando la palabra a Bosch, en el sentido de que era perentorio realizar una historia económica del Caribe, el historiador Frank Moya Pons escribe y publica su extraordinaria Historia del Caribe, azúcar y plantaciones en el mundo atlántico. Moya Pons, gran narrador e historiador de oficio, nos lleva a barloventear y a sotaventear por las islas montados en dos metáforas, azúcar y plantación, es decir, habitación, sin dejarnos ver los elementos políticos que determinaron el así somos. En esa materia cabe citar al trinitario Eric Williams, quien publica en la misma época que Bosch, From Columbus to Castro: The History of the Caribbean 1492-1969. 
V 
En la cultura dominicana, los estudios del Caribe, no van tan lejos. En Cuba Antonio Benítez Rojo realiza un largo peregrinaje montado en la teoría del caos y en la idea temporal de la repetición; el Caribe como un todo, que gira y se repite; un conjunto que es uno solo y diverso. En Martinica, Edouard Glissant, inauguró una narrativa culturalista antillana en Le discours antillaisstraducido recientemente al español en Venezuela. El acercamiento de  de Glissant es el de un poeta, un sabio, un filósofo; es etnológico, historiador. Si no atuvieran tan centrados en las Antillas francesas, hubiese superado las distintas miradas anteriores. De los textos más contemporáneos, quiero citar el extraordinario Éloge de la creoleté/ In praise of creoleness, de Jean Bernabé, Patrice Chamoiseau y Rafael Confiant (Gallimard, 1989, John  Hopkins, 1993), es la más inclusiva síntesis que nos retrata en nuestra propia diversidad. 
VI 
Poco a poco los estudios individuales nos llevan a conocernos. A buscar formas de cooperación y de acción en el mundo Caribe. Pero las ideologías y los fantasmas permanecen, muchas veces fijados por los intereses económicos, políticos y las imposturas intelectuales. 
VII 
La identidad criolla del dominicano es problemática y difícil de entender para muchos lectores y opinantes. Esto se hace más complejo cuando tenemos que definir la dominicanidad frente a Haití, que en el siglo XIX tuvo la más esplendorosa y admirable gesta por la humanidad con la abolición radical de la esclavitud. Su hito la ha convertido —lamentablemente— en la nación más pobre de nuestro continente. 
VIII 
La forma lastimosa en la que vive el haitiano hoy, no sólo nos lleva a quererlo y a desear un mejor porvenir para ese pueblo, sino que nos convoca a la acción en la consecución de planes y estrategias de cooperación. Por más que digan los adversarios de la República Dominicana, a pesar de todas las formas contrarias a lo que creemos deben ser nuestras relaciones, los dominicanos hacemos por los haitianos más que ningún otro pueblo. 
IV 
Los que quieren que hagamos  más fundamentan sus apreciaciones en que somos en conjunto anti-haitiano y racista. Y nomás se plantea una acción contraria, a sus deseos y se repite esta ideología que no tiene base histórica y que no puede ser leída dentro de la narrativa de nuestros dos países. Lo primero es que confunden a la oligarquía y a las élites dominicanas con el pueblo dominicano. Lo segundo, es que no entienden el proceso de negritud del haitiano ni el de acriollamiento mulato del dominicano. 
X
Pierden, en fin, los amigos acérrimos de Haití la perspectiva histórica y política de nuestros países. No concurro con Moreau de Saint- Méry, quien enDescripción de la parte española de Saint-Domingue,consideraba que no había prejuicio de clase en Santo Domingo a fines del siglo XVIII. Entiendo su parcialidad con la parte española, muy bien sazonada por los trujillistas en la edición dominicana de este libro (Mejía Ricart). No me extenderé en mis apreciaciones sobre este asunto por el momento. 
XI 
No dejó de existir el prejuicio racial en la parte española. Pero la lucha entre grandes blancos, pequeños blancos, mulatos y negros, los segundos como intermediarios y los primeros y terceros como esclavistas que se desarrolló en la parte francesa de la Hispaniola, no lo vivió la sociedad situada al este de la isla. 
XII 
Los dominicanos mulatos y pobres no podían querer ser como los haitianos; primero,  porque pocos conocían lo que se daba de aquel lado de la frontera delimitada en 1777 en Aranjuez. Y porque los mulatos no eran en Santo Domingo una clase pensante, ni eran clase ni eran pensantes. Cuando el mulato escribía lo hacía como blanco, como Sánchez Valverde. La relación de la parte Este con la Oeste era comercial, pero de aquellos productos que nos sobraban en los montes. El esplendor de Haití no desarrolló una economía capitalista en el lado Este. Las quejas sobre la haraganería y la falta de cultivos y caminos de los visitantes franceses, muestra entre otras cosas, que no había una ética del trabajo capitalista en los domínico-españoles. 
XIII 
Cuando los negros haitianos pasaron la frontera por primera vez lo hicieron en nombre de Francia y no en el de ellos mismos. Abolieron una esclavitud patriarcal. Y en esto hay algo que nuestros pensadores no han situado: si nuestra esclavitud era tan débil posiblemente nuestros “esclavos” no veían beneficioso una libertad, porque establecía una relación distinta, desde el punto de vista de las relaciones del trabajo. En un país donde no había ni tan siquiera circulación normal de la moneda, la relación, día trabajo, paga, podría haber sido un cambio perturbador. 
XIV

Pero en fin, las bondades de la abolición de la esclavitud en la parte Este pudo haber sido un triunfo de los historiadores, pero no una gran conquista de los esclavos dominicanos. Tal vez por eso no encontramos sociedades de libertos, ni proclamas ni la solidaridad de los esclavos dominicanos con los haitianos, ni la integración de esclavos dominicanos a las huestes de Toussaint o Dessalines cuando el francés napoleónico regresó con la clara intención de recuperar la colonia. Gesto bueno fue el de la abolición de la esclavitud, pero ¿para quiénes? 
XV 
La historia de las primeras décadas del siglo XIX en la parte española fue marcada por la lucha internacional de Francia e Inglaterra por rescatar a los grandes blancos haitianos y por los grandes blancos por encontrar asiento en el este de la isla, en Santiago de Cuba, en Puerto Rico o en Filadelfia. La onda expansiva de la Revolución negra en Haití cambió el Caribe y planteó nuevas estrategias, discursos y maneras de dominación; pero no cambió la percepción de las élites dominicanas sobre el negro haitiano. Ellas eran aliadas pobres de los grandes blancos y beneficiarias de la colonia francesa. 
XVI 
Ante la falta de una organización social y política que les permitiera construir proyectos nacionales como ocurría en México y Venezuela, los criollos nuestros que provenían de un régimen hatero tradicional, cuyos hijos muy pocos habían estudiado en Europa, que apenas conocían la imprenta y tenían algunas gacetas; que sus emplazamientos urbanos no se distinguían muy bien de los campos en los que existían conucos, estancias, hatos, monterías; que vivían en la plena miseria, no veían, ante la convulsionada realidad francesa, otra tabla de salvación que afirmarse en una monarquía española que los había abandonado  y que los despreciaba. 
XVII 
El dominicano no tenía, ni el de a pie —ni el oligarca— que mirar hacia Haití como un país deseado, pues el esplendor de la colonia fue barrido por la revolución y los nuevos republicanos haitianos estaban divididos entre ellos, y las prácticas políticas estaban cruzadas por autoritarismo. Los discursos de los generales haitianos en la parte Este era el de tierra arrasada. Es cierto que las élites intelectuales han sazonado bastante el memorial de agravios. Que la narrativa histórica de la dominicanidad por oposición allí se acuna, pero el ejército haitiano en el Este era una tropa conquistadora, como todo ejército en plan de conquista, el saqueo y la espoliación,  se encontraban a la orden del día. 
XVIII 
Pero la dominicanidad no surge de las élites anti-negras sino de un grupo de pequeño-burgueses blanquitos y mulatos, pensadores y soñadores como Juan Pablo Duarte, aguerridos e intrépidos como Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella. Para nuestra desgracia, los grupos oligárquicos que entran a última hora en el proyecto le dan su forma y los discursos que siguen la van a definir como una dominicanidad negrofóbica, anti-haitiana, blanca, católica y que se comunica en  español. 
XIX 
El proyecto de la fundación de la República quedó mediatizado, secuestrado y reducido a un deseo de modernidad de un grupo, potenciado por el autoritarismo, la concupiscencia de los bienes públicos, los intereses de la oligarquía y sus relaciones con imperios que podrían darle una estabilidad frente al otro haitiano. Pero nos ha quedado una figura frágil, pero maravillosa de un hombre como Juan Pablo Duarte cuyos sueños nos unen a pesar de no haber sido el hombre de acción que fuera Sánchez ni el ambicioso político que cada día nos joroba la existencia. 
XX 
Durante el proceso de independencia, los dominicanos tuvieron que emplearse a fondo para no dejar que los haitianos nos anexaran del todo a Francia, como lo pretendió Toussaint L ‘Ouverture, que  nos hicieran parte de su república negra, como lo quiso Dessalines, Boyer y Herald Ainé; los dominicanos en su mayoría mulatos, que no habían vivido las experiencias sociales y raciales de Haití no tenían razones para querer ser haitianos. Conformaron su identidad tambaleante, mestiza, en una situación de abandono y pobreza, pero con resulta inclinación a su propia independencia. El pensamiento anti-imperialista de Duarte es uno de nuestros grandes legados históricos. 
XXI
A pesar de esa fortaleza en cuanto al destino dominicano que surge de la pequeña burguesía comercial y capitalina, y que luego se acentuará en los productores de café y de tabaco que realizan la Restauración de la República en 1865, el dominicano no deja de ser un ser indefinido dentro de su complejo racial. Y aclaro que ésta es una percepción de lo que se dice, del discurso sobre la dominicanidad, pues el pueblo llano vive una serie de prácticas negro-africanas que van desde la forma de llorar a los muertos, disfrutar las fiestas, concebir el tiempo y preparar los alimentos… 
XXII
 El dominicano es bovarista porque aún no se ha concebido como mulato. Porque el Estado fue formado a nombre de una identidad esencialista, blanca, católica, hispánica, sin tomar en cuenta la realidad histórica, social y cultural del conjunto. La élite que ha difundido el pensamiento dominicano nos ha reinventado como tales con el propósito de perpetuar mediante signos y símbolos su dominación social, cultural y política. El discurso sobre la identidad del dominicano es un decir del poder, habla, que reproduce prácticas, que llena libros, que desangra tinteros y las fuentes de papel de nuestra prensa cotidiana. 
XXIII 
Para desgracia de todos los caribeños, el bovarismo no es un defecto que únicamente se le puede endilgar al dominicano, sino el resultado de nuestra condición racial y social caribeña; islas formadas en la diáspora africana, en la esclavitud para el capitalismo que Europa inauguró como comercio atlántico; en la más despiadada maquinaria de explotación establecida en algún lugar del mundo: más de veinte  millones de africanos trasplantados, desarraigados de su cultura, que hoy visten como Ti Noel, la capa verde y ridícula del autoritarismo de nuestros semejantes que se creen príncipes y condes, que miran al pueblo con desprecio y los usan a su conveniencia…