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Distancia entre Estado y Ciudadanía: Padre José Luis Alemán

ECONOMÍA

Límites del poder político
José Luís Alemán S.J.


Comienzo con un catálogo de acciones políticas ilícitas en una democracia entresacado por Hortal de un libro de Michael Walzer sobre “Pluralismo e Igualdad. Una defensa del Pluralismo y la Igualdad”. Veamos.

Funcionarios y Políticos:

1. No deben apropiarse de las personas, forzar sus servicios, encarcelarlas o matarlas arbitrariamente;
2. No deben violar las nociones compartidas de culpa e inocencia;
3. No deben corromper el sistema judicial ni convertir el castigo en un medio de represión política;
4. No deben vender el poder político ni subastar decisiones;
5. tampoco pueden usar su poder para beneficiar a sus familias o distribuir cargos entre parientes y amigos;
6. No pueden actuar de forma discriminatoria contra grupos raciales, étnicos o religiosos;
7. No pueden confiscar arbitrariamente propiedad privada ni imponerle cargas tributarias abusivas;
8. No pueden ejercer el control sobre la vida religiosas de sus nacionales;
9. No pueden interferir en la enseñanza y libertad académica de los maestros,
10. Deben garantizar el discurso libre, la prensa libre y las libertades civiles comunes.

Este listado condensa varios de los principios formales básicos de la democracia norteamericana que el mismo Walzer publicó hace ya quince años en su famoso artículo ¿Qué significa ser un “Americano”? (Social Research 1990).

Aunque estas limitaciones y normativas del poder político probablemente sean aceptadas por la mayor parte de nuestra ciudadanía “ilustrada” y por el parecer de las personas significativas de la globalización occidental, habría que estar muy infectado de un súper virus nacionalista-patriótico para afirmar que el listado es cordialmente compartido por gran parte de nuestro pueblo, especialmente por los más pobres.

Igualmente surrealista sería la suposición de que en todas partes del mundo predominan valores que separan taxativamente las funciones del Estado de las de la economía, la educación o la justicia (Estado Islámico fundamentalista, Cristiandad). En realidad el ideal del Estado tiránico que aboga por interferencia directa y principial (no sólo por regulación general) en la educación, el derecho, la economía, los medios de comunicación, la religión y la economía está bien vivo en República Dominicana y en otros muchos países. De ahí el filtro selectivo aplicado a nuestras indelicadezas, las disimulamos, y a las de otros, las condenamos sin apelación. Distamos décadas de la aceptación sincera de derechos políticos universalmente válidos y de la necesaria neutralidad del Estado en su papel de distribuidor del poder. Busquemos algunas raíces de esta asimetría.

1. Sobre asimetrías de posición ante derechos políticos universales

a) El caso anglosajón.

No exagera quien dice que los derechos políticos universales orientados a limitar el poder del Estado Central nacieron de la rebelión de los barones feudales contra Juan sin Tierra cuando éste intentó imponerles tributos sin respetar las costumbres que exigían previa aprobación de los barones. Décadas más tarde el popularmente venerado como beato Simón de Montfort dirigió la sangrienta revuelta de los ciudadanos “comunes” que culminó en el nacimiento de una Cámara de los Comunes con atribuciones especiales en temas de impuestos y nombramientos de jueces.

También en la España de principios de los Austrias los comuneros de las ciudades de Castilla se alzaron contra las pretensiones financieras del joven Carlos V y medio siglo antes la unión dinástica de Castilla y Aragón sólo fue posible al aceptar Castilla la independencia fiscal de Aragón. También Cataluña exigió en sus fueros la exención de impuestos.

No importa que los reyes absolutos pudieran imponer después su poder fiscal. De hecho por lo menos de tarde en tarde para aprobar nominalmente nuevos préstamos con aval impositivo se reunían las Cortes o los estados para lograr un acuerdo mínimo. La revolución francesa muestra la tirantez de las relaciones Estados-Cortes (estados).
Todos conocemos el historial de independencia de las colonias norteamericanas respecto a una Corona inglesa adversa a súbditos no conformistas de origen calvinista y el papel jugado en la independencia de las trece colonias por tasas a las exportaciones de té. El caso de Inglaterra y Estados Unidos, y en mucho menor grado el de España y Francia, nos enseñan el origen de los derechos políticos: los ciudadanos rechazaban la pretensión de poder fiscal absoluto de los Gobiernos.

En ese caldo de cultivo los ciudadanos han ido imponiendo límites crecientes a las pretensiones absolutistas de los Gobiernos Centrales.

b) El caso latinoamericano y dominicano.

España nunca pudo imponer en tierras latinoamericanas poderes administrativos y fiscales efectivos en la enorme amplitud espacial y baja densidad poblacional de sus provincias de ultramar.

Por esas entre otras razones, como la imposibilidad de acceso de la plutocracia criolla a cargos públicos, forjamos una cultura política basada en la importancia de lazos afectivos de familia, de riqueza y de amistad y no de principios neutrales de una economía de mercado administrada con pretensiones de neutralidad.

En la América Latina independiente el pobre necesitaba del rico y éste del pobre. Aun hoy en día si preguntamos a los realmente pobres cuáles son sus valores políticos podemos oír frases como los familiares y amigos tienen que ayudarnos por el hecho de serlo, mis hijos presos son inocentes aunque hayan violado a la vecina, ir a la “justicia” (los tribunales) o ser acusado ante ellos es una deshonra, el ladrón y el asesino merecen morir sin más averiguaciones, no hay que pagar impuestos que hacen ricos a los políticos, hay que hacerse cuando uno logra estar arriba en el gobierno y tonto es quien no lo hace, todos los políticos son falsos y corruptos, coger lo del rico no es robar, hay que saber vivir, hay que saber nadar y esconder la ropa, no hay que contradecir al rico y al poderoso, la ley la hicieron los ricos etc., etc.

La ética de presión impuesta por la vida a pobres sin posibilidades en una sociedad consumista y en un sistema de apreciable precariedad económica y desamparo político no puede caracterizarse por el carácter universal y neutral de derechos políticos universales. Allí sólo la familia, la amistad, la limosna interesada y el oportunismo permiten la supervivencia o la riqueza.

Los derechos políticos universales son esgrimidos cuando conviene e ignorados y ridiculizados cuando imponen sacrificios y limitan el campo de las libertades utilitaristas.

Los moralistas laicos a ultranza no entienden los principios políticos de los pobres, los religiosos tampoco pero la mayor proximidad al pobre les ha enseñado que existe una auténtica religiosidad y una comprensible moral popular. Todos los moralistas “sabemos” que tenemos razón al pedir el cumplimiento de derechos políticos universales pero partimos del discutido supuesto de que el camino para cambiar el oportunismo general de nuestra cultura es educar en el sentido de dar a conocer sus virtudes cuando en realidad sería más honesto confesar que esos derechos universales y neutrales son hoy por hoy enemigos de su actual supervivencia.

Entonces ¿cómo cambiar la cultura política de la pobreza?

2. Determinantes del cambio de cultura política
Conviene distinguir entre cambios macro y micro sociales de cultura política.

A nivel micro social muchos programas de formación y promoción -grupos de género, locales, barriales, gremiales, profesionales, sindicales, parroquiales- han logrado cambios apreciables de cultura política en sus miembros aunque han chocado con una organización macro social que ofrece ayudas técnicas, administrativas y financieras a cambio de lealtad siempre y cuando las relaciones dominantes grupo-gobierno sean “cooperativas” y no “contestatarias”, no necesariamente en el sentido de buscar la aniquilación de la contraparte sino de modificar actitudes y prácticas desconocedoras de los límites del poder político.

De ahí nace la importancia de revisar algunos cambios macro sociales importantes de cultura política en los últimos dos siglos.

A) Cambios macro sociales impuestos

Entiendo por cambios impuestos aquellos en los que la fuerza, no el consenso, forzó grandes y radicales formas de cultura política, casi siempre por las armas, y contrarias a las ideologías e intereses dominantes. Entre ellos destacan la revolución francesa y la soviética.

Ambas revoluciones se inspiraron en movimientos intelectuales contestatarios fuertemente críticos de las estructuras sociales existentes. Las dos encontraron tenaz resistencia durante algunos años lo que posibilitó y facilitó su radicalización.

Podemos hablar en la revolución francesa del liderazgo de intelectuales y funcionarios libre pensadores -no atados a una dogmática religiosa- y concientes de que la Iglesia Católica y la nobleza terrateniente impedían la implementación de un sistema político de separación de poderes similar al que de hecho se daba en Inglaterra. Obviamente sin el descontento de las masas parisinas y el apoyo y liderazgo gremial (“pequeños burgueses urbanos”) el cambio hubiera sido más difícil.

En el campo simbólico tan importante para la política hay que añadir a la división de poderes la capacidad convocatoria de la divisa “igualdad, fraternidad y legalidad” que empujó a cientos de miles de franceses a luchar bajo las banderas de la revolución institucionalizada de Napoleón contra toda Europa.

Prescindiendo de su motivación social la revolución francesa fue simbólicamente política: hizo de Francia una nación de ciudadanos urbanos portadora de los ideales cívicos y del Estado una institución legalizadora de los derechos de aquellos y sometidos los Gobiernos a aprobación electoral.

La revolución rusa de Lenín maduró igualmente a la sombra de una lectura de Marx condenatoria de los abusos económicos y sociales que la propiedad privada de los medios de producción imponía a los obreros. El camino era la estatización de la producción y la meta su abolición por una propiedad social no estatal sino obrera.

Al igual que de la revolución francesa la soviética arrolló a sus enemigos pero abrumada por la complejidad de la gestión social de la economía acabó perdiendo credibilidad. Tal parece que la gestión de toda economía nacional, Lange no obstante, presenta dificultades intrínsecas de coordinación y flexibilidad diferentes de las visualizadas en la empresa.

Si la revolución francesa pudo exhibir algunas muestras innegables del cambio prometido (régimen republicano con gobernantes elegidos por el pueblo, eliminación progresiva de fueros privilegiados, radical separación de la Iglesia, rendición de cuentas, aprobación de presupuestos), la soviética no logró aproximarse al cumplimiento de la promesa económica de mayor riqueza (sí de menores brechas) y de más rápida llegada a la sociedad comunista, ni ofreció nunca los logros políticos de la revolución política francesa. Había prometido administración colectiva estatal como medio de crecimiento económico y social pero, como dicen los ingleses, “it did not deliver”, no pudo ofrecer lo esperado. Probablemente erró en la elección del medio elegido, propiedad estatal de los medios de producción.

b) La economía como partera de cambios de cultura política.

Cuando hablo de cambios de cultura política originados por el desarrollo económico no me refiero a su potencialidad dialéctica de derribar Gobiernos sino a su capacidad de provocar cambios sustanciales favorables en el modo de gobernar. Dos breves ejemplos: cambios de comportamiento estatal por la globalización y cambios por negociación.

La globalización impone un nuevo modo de gobernar caracterizado por la renuncia a decisiones políticas voluntaristas (controles de precios, de intereses, de tipo de cambio) y a la adopción de instituciones legales ordenadoras válidas para nacionales y extranjeros (derechos de propiedad, neutralidad en la distribución del gasto publico, tribunales efectivos para la solución de conflictos entre partes contratantes, licitación de obras y contratas, derechos a información transparente, control de abuso de poder oligopólico, normas ecológicas…)

Brevemente: el Estado acepta, si aspira a aumentar el bienestar económico, que existe una esfera económica con dinámica y con “leyes” propias. En realidad estamos no sólo ante cambios culturales económicos sino ante cambios de cultura política.

El cambio por “negociación” supone un “doy para que des” entre el Estado y los principales actores sociales. Ejemplos: la oferta de seguridad social de Bismark a los sindicatos a cambio de la aceptación del régimen político; la “economía social de mercado” en la que la producción está en manos de los mercados pero la distribución en acuerdos tripartitos: Estado, sindicatos y empresarios.

3. Conclusión

Los límites del poder del Estado, la enunciación de lo que no le está permitido hacer legalmente, se achican o agrandan por necesidades de la sociedad cuando se toman en concreto, es decir cada uno por su lado. Tal vez, sin embargo, la tendencia a largo plazo en la formulación de esos límites apunta a un creciente mutuo respeto entre Estado y ciudadanos.

Lo importante a largo plazo no es la pregunta sobre el tamaño o la esfera de acción legítima del Estado sino la de saber si éste acepta la autonomía ejecutiva del ciudadano y si este último reconoce la importancia reguladora y social del Estado.

Finalmente: confesemos que la cultura política de los pobres no es la de los “ilustrados”. Coincidirán cuando los pobres estén interesados en que la economía funciones, “deliver”, para ellos.

La industria de bienes de lujo: JOSÉ LUÍS ALEMÁN S.J.

El Padre José Luis Alemán, economista, llama a combatir a los hiperricos en RD. Veamos todo el artículo:

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Hoy Digital

Viernes 20 de Julio del 2007

La industria de bienes de lujo

POR JOSÉ LUÍS ALEMÁN S.J.


Entre los cambios que experimenta la economía global destaca la creciente importancia de la industria de bienes de lujo, aun si excluimos de ella los mercados de bienes raíces y de autos exóticos. La industria clásica de bienes de lujo se limita, sin embargo, a joyas, perfumes, ropas y calzado de los grandes diseñadores, artículos electrónicos, relojes, carteras y maletas; bienes todos ellos portátiles o nómadas.

Los consumidores de estos bienes, del conjunto de todos ellos y no de sólo algunos, reciben el nombre de “superricos”, aquellos que tienen ingresos superiores a 32 millones de pesos o un millón de dólares anuales. En el mundo su número total es el de la población de la República Dominicana.

Obviamente otros muchos más millones de personas con ingresos rápidamente ascendentes aunque sin llegar al millón de dólares tienen acceso a varios de esos bienes de lujo aunque no al conjunto de todos ellos. Por esos caminos andan bastantes dominicanos aunque no lleguen al millón de dólares anuales. El número de Mercedes, BMW, Porsches, Jaguars, AUDI que se arrastran por nuestras atestadas calles muestra la fuerza del “efecto demostración” que los superricos ejercen sobre los meramente “ricos” de los países pobres. Lo mismo podemos decir de marcas exclusivas de relojes que se anuncian en nuestros semanarios sociales por precios de 15,100, 22,200 y 28,200 dólares.

Las industrias de bienes de lujo vuelven menos relevante la supuesta importancia de los precios en Economía mientras acentúan la de los ingresos. Antes de adentrarnos en esa reflexión aprovechemos una visión global que ofrece The Economist del 14 de abril sobre la situación de las empresas productoras de los clásicos bienes de lujo.

1. Visión global de las industrias de bienes de lujo

a) Las ventas de bienes de lujo se estiman en unos 180,000 millones de dólares anuales de los cuales la tercera parte se vende en Japón, la cuarta parte en los Estados Unidos al igual que en la Unión Europea. La tierra prometida, sin embargo, es China. Los mercadólogos creen que la demanda se dispara en aquellos países cuyo producto por cabeza alcanza un promedio, al menos en sus grandes ciudades de unos 7,000 US $ dólares anuales, China con un mercado potencial enorme y creciente es el destino de numerosas empresas especializadas en artículos de lujo.

Estas inversiones en el extranjero más que orientadas a la producción buscan la promoción y mercadeo. Pocas partes del mundo exigen, sin embargo, inversiones tan altas y en menos países aún se ha creado una industria tan amplia de imitación de bienes de lujo. Relojes, carteras, zapatos, estilográficas y hasta equipos electrónicos son producidos por oportunistas empresarios y hábiles imitadores. En un ambiente de todavía poca lealtad a la firma, de rápida maximización de beneficios y de confusas reglas de propiedad intelectual orientadas a favorecer empresas nacionales es poco menos que inevitable que las inversiones extranjeras tomen la forma de agencias de venta y publicidad parcialmente en manos de nacionales chinos. La misma diversidad lingüística y milenarias culturas de complacencia externa en el trato y gran independencia de los socios agravan las eternas dificultades de confianza en las relaciones agencia-principal.

b) Contra una primera e ingenua impresión el mercado de empresas de producción de bienes de lujo ofrece una pasmosa riqueza de bien conocidas marcas. Francia es el país líder e Italia su competencia. Tenemos entre muchas Hermès, Moët Hennesey Louis Vitton (LVMH), Gucci que adquirió seis establecimientos de alta costura: Yves Saint Lourent, Balenciaga, Alexander McQueen, Stella McCartney, Bottega Veneta y Sergio Rosi, Cartier, Tiffany, Bulgari, Versace, Dolce & Gabanna (D&G), Arman, Roberto Cavallli, Ermenegildo Zegna, Prada, Diesel, Ferragamo y Hubert de Givinchy. A estas habría que añadir las empresas especializadas en la producción de relojes de marca.

Hasta hace poco tiempo la mayor parte de estas empresas, nacidas de una larga tradición artesanal y protegidas nacionalmente, eran familiares. El nacimiento de una economía global con poco proteccionismo y fuerte competencia obligó a estas empresas a internacionalizarse. Siendo el lujo “capital intensivo” y necesitando las empresas tiempo para construir un buen nombre en un mundo tan exigente, no bastaron las ganancias acumuladas por las familias para financiar las nuevas inversiones y tuvieron que convertirse en compañías por acciones o fusionarse con otras.

La ampliación del mercado pone a prueba la capacidad de las firmas para contratar nuevos diseñadores y hasta administradores y gerentes fieles a la marca.

c) El auge de las industrias de lujo ha sido factible por la multiplicación de millonarios en el mundo global. Sin duda la ampliación y desregulación de los mercados ha permitido que empresas de calidad usen sus competencias para buscar el eterno nicho de los millonarios asentados en países diversos al propio. A esta explicación económica de la teoría del comercio exterior hay que añadir el énfasis dado por la Economía como Ciencia a la desregulación como medio de estimular la oferta global más que la nacional.

Maslow añade a esta visión económica otra de tipo psicosocial que enfatiza el cambio de priorización de la urgencia de necesidades del ser humano en función del ingreso y de la riqueza. Cuando el ingreso es tan bajo que la gente no logra satisfacer las necesidades básicas en términos fisiológicos la demanda se centra en la obtención de comida primero y habitación después. Al mejorar el ingreso la demanda se reorienta a satisfacer necesidades de seguridad.

Al aumentar más el ingreso predice Maslow que las personas se centran en actividades que las hacen sentir miembros de su pequeña sociedad. Alcanzado un nivel satisfactorio de pertenencia incurrimos en gastos orientados a incrementar la autoestima y la estimación social y finalmente a dar sentido a su vida.

Lux y Lutz (1986) arguyen que llegadas las personas a esos altos niveles de ingreso el supuesto convencional del actor económico maximizador pero restringido por su presupuesto parece inapropiado. Esas personas son mejor modeladas si las presentamos como maximizadotes restringidos por sus más íntimos valores personales generalmente articulados por preferencias morales elevadas como el altruismo.

En forma similar Keynes hipotetizaba que al subir fuertemente el nivel de ingreso dentro de “cien años” la población británica demandaría con preferencia servicios de interés intelectual y de ocio

Aun si aceptamos que la dirección de la demanda cambia con el ingreso, algo ya observado por Menger y von Wieser a fines del siglo XIX, no parece realista postular tendencias generales, salvo en algunos casos, de tipo “altruista” a altísimos niveles de ingreso.

Tal parece que las tendencias al despliegue del lujo como instrumento de distinción social y a competir por esta última fueron minusvaloradas por Maslow y Keynes y que tendremos que convivir con un predominio creciente de las industrias de lujo. Consolémosnos diciendo que la industria de lujo es menos peligrosa que la de armas o de “guerras espaciales”.

2. Reingeniería de la Economía

a) El impresionante edificio teórico de la Economía se levanta sobre tres pilares: los recursos disponibles para satisfacer las necesidades humanas son escasos, las necesidades ilimitadas y los precios indicadores de la relación entre la escasez de recursos para producir bienes y la urgencia de la demanda de esos bienes. De ahí la importancia extrema de los precios y del ingreso factor limitante de la demanda.

En principio los bienes de lujo están más allá del dominio de los precios. Los ingresos de los superricos, casi por definición, no operan como restricción al menos en cuanto se refiere a bienes de consumo (yates, helicópteros, aviones, mansiones, etc.). Acepto que para muchos que califican como superricos y al menos para algunos de esos lujos el ingreso sí puede convertirse en restricción. La tendencia, sin embargo vale para la mayor parte de los bienes que llamamos, y que son, de lujo.

La desconexión entre precios de recursos escasos y precios de los bienes producidos con ellos hace depender la demanda en primerísimo lugar del ingreso, Se rompe así el principio económico de la eficiencia. Esta habrá que definirla como arte de presentar bienes y servicios de calidad llamativa. Adiós a la teoría de los precios, adiós al equilibrio general.

Aunque esta situación valga sólo para un uno por mil de la humanidad no debemos olvidar que esta ejerce una desproporcionada importancia sobre el volumen de consumo y consiguientemente sobre la asignación de recursos controlada por precios.

b) Si, además, con Leibenstein y su famosa productividad “X”, aceptamos como empíricamente probado el efecto demostración (el efecto vagón arrastrado por la locomotora de la opinión pública) , y con Dueseneberry la inclinación patológica del consumidor norteamericano (¿solamente de él?) a conquistar y superar el nivel de vida de sus conocidos, debemos concluir que una parte significativa de la producción se desplaza de los bienes generalmente necesarios a bienes cuya importancia sólo se hace evidente cuando uno logra satisfacer los primeros.

Encontramos en el afán chino por imitar productos de marca a “buen precio” pero muy por encima del costo de los recursos empleados en ellos una prueba indirecta y curiosa de la tendencia a reducir el papel de los costos en una economía en la cual lo superricos -medidos con la vara de la pobreza- son conocidos y admirados.

La inclusión de los bienes de lujo nos puede ayudar también a comprender la orientación de los sindicatos y de las personas que no estamos sindicalizados a reclamar aumentos salariales aun a costa de perder empleo. La prestancia social de los ricos (no hablemos de los superricos aunque ya sabemos que en una sociedad global su consumo influye determinantemente sobre el de los meramente ricos) en una sociedad democrática en la que se alaban la igualdad de derechos de todos y el poder de todos para confirmar o rechazar gobiernos, no podía menos de propiciar aumentos anuales sustanciales de salarios sea cual sea la situación financiera de la empresa.

Pretender que los obreros y empleados acepten mesura en sus exigencias salariales fiados en la palabra de los empresarios cuando el estilo de vida de éstos transpira lujo y arrogancia es pecado manifiesto contra la lógica empírica del pensar humano. Lo mismo sucede cuando un Gobierno reclama congelación de salarios de sus servidores pero evidentemente dispone de recursos financieros para sus más altos funcionarios e invierte en proyectos nuevos que no tienen absolutamente nada que ver con la actuación de pasadas Administraciones. En esas circunstancias hay que admirar más bien la frugalidad y disciplina obrera aun cuando ambas sean impuestas por la lógica de su actual impotencia.


Pero no nos engañemos: esta sumisión que no es resultado de amor a la austeridad y al sufrimiento puede ser engañosa.

c) Caemos así en el tópico de la gobernabilidad y sustentabilidad de sociedades con economías no duales sino triples: los ricos, los asalariados y empleados, y los pobres hijos de machepa de Juan Bosch con abundancia de prole (proletarios) y sin empleo en sociedades donde muchos ricos y algunos superricos lo son por narcotraficantes, lavadores de dinero, cultores de prácticas comerciales dolosas o de favoritismo de gobiernos.

A pesar de que el Estado ha perdido prestigio y credibilidad ante una buena parte de la opinión pública y a pesar de la coexistencia de superricos y de superpobres (más interesados en imitarlos que en llevarlos a los tribunales) sería una ilusión creer que por fuerzas dialécticas corre el Estado o mejor el Gobierno un riesgo inminente de ingobernabilidad. Cosas distintas son desprestigio y rebelión.

Hace años perdimos la ilusión que los carlistas navarros del siglo XIX expresaron en su himno: “por la patria y el rey moriremos nosotros también”.

Pocos están dispuestos a morir por ideales sociales.

d) Sería injusto, sin embargo, atribuir la durabilidad de regímenes desprestigiados a solamente la falta de profetas-mártires. Hay dos maneras de plantearse en términos más económicos esa durabilidad. Oigamos el parecer de Gallbraith y el de los defensores de la economía social de mercado.

Gallbraith, plenamente conciente de la brecha creciente de ingresos y de riqueza entre superricos identificados por él como fuertes accionistas y poderosos administradores de las grandes corporaciones y de la notable estabilidad sistémica de los Estados Unidos, cree poder señalar que la pasividad obrera americana se debe a que a pesar de la brecha ellos están recibiendo de manera constante aunque marginal mayores ingresos y mejores servicios públicos.

La estabilidad fundamental se mantendrá mientras obreros, empleados y pobres participen aunque mínimamente del crecimiento económico de la Unión.

Innegablemente esta intuición tiene cierto poder explicatorio. Interesante será ver si la disminución del salario real de los “cuellos azules” documentada desde hace ya unos años, el aumento del desempleo industrial por el “outsourcing” de empresas emigrantes a países de menores costos, y la oleada de inmigrantes ilegales del Sur conmoverán la robusta estructura social norteamericana empujándola a una política más social y menos pro rica que no vacila en suprimir programas sociales y exonerar de impuestos las herencias y los altos ingresos de empresas e individuos.

e) La receta europea de economías sociales de mercado en las cuales la economía produce y el producto se distribuye a través de gigantescos planes de seguridad social y ecológica parece más eficaz. El hecho de que los sectores populares hayan sido incorporados al doble ideal de eficiencia y de equidad social y de que en las grandes y medianas empresas tengan obreros y sindicatos una visión sobre sus resultados y sus proyectos ha creado “pobres” concientes, defensores de su trabajo, de sus beneficios y de su eficiencia.

Por verse está saber en qué medida la competencia global pueda agrietar tan magnífica fábrica social. Por lo pronto luchan con bastante éxito tratando de compensar sus altos costos laborales y ecológicos con mejores y más refinadas técnicas.

3. Conclusión

Solemos ponderar razones humanitarias y sociales para combatir la pobreza. Con toda razón.

Creo que también hay justificación para combatir la superriqueza. Tiende a crear personas aburridas y ciegas al mundo exterior que les permitió llegar tan alto. Hay razones de peso para combatir social y económicamente la superriqueza. Quizás sea demasiado hablar de una guerra contra ella; no lo sería promover una guerrilla social y política de “baja intensidad” pero aceptable eficiencia.

Reconozco que las guerras de baja intensidad son tan difíciles como la fidelidad con excepciones.