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Carta a las madres, en su día, Juan Bosch, 1963


Una carta escrita por Juan Bosch en el día de las madres cuando era Presidente, el 26 de mayo del año 1963.  Y salió publicada en el periódico El Caribe.

Narra el dolor sufrido por las madres a través de los distintos hitos históricos de violencia, ocupaciones, luchas, por los que ha atravesado la sociedad dominicana sometida y luchando por su emancipación.
En negritas algunos momentos de transformación social y cultural.
 Chanel, gracias.

Recibí está carta de mi amigo Chanel Rosa. También la carta por José Tavárez un santiaguero peledeísta, poeta, profesor, antiguamente vinculado con la sociedad civil, amigo de esos mundos de solidaridad con Haití. Es esposo de Magda Alina Rodríguez. Una de las diputadas del PLD, que se reeligió. La otra es Altagracia González de la circunscripción de Cienfuegos.

Olí criticidad de Juan Bosch al patriarcado en los segmentos, donde  destaca como los hombres se mataban y las madres estaba alejada de esa barbarie...Aunque suele ser bastante descriptivo..llevadero..sin meterse en muchos rebuses con la oligarquía religiosa. Aprovecha sí todo chance para destacar las condiciones de las personas pobres...habla de bohíos, de chozas...Decía:

"Mientras los hombres se mataban en Guanuma, en Puerto Plata, en el Canal de Paya, en los arenales de la Línea Noroeste, la madre dominicana esperaba en el bohío o en la casa de yaguas del pueblo que llegara la noticia de que el hijo había caído en la batalla."

"...pero los dominicanos, acostumbrados a matar para defender su República, siguieron matándose entre sí; y se mataban un día y otro, un mes y otro, un año y otro,..."

En general, la carta no es crítica con el cristianismo católico conquistador...bastante llevadero con esas opresiones. Pienso que en ese escrito hacía un esfuerzo por no tener problemas con esa parte de los poderes fácticos dominicanos, y con el pueblo mismo, que suele seguir  tradiciones religiosas con poca criticidad. Aún estaba  en mayo del 1963, tres meses antes de ser derrocado por esos poderes fácticos jerárquicos religiosos, por la plutocracia gringa obsesionada con la guerra fría con sus negocios, y por la oligarquía económica dominicana.

Oí en abril del 2012 en la UASD, a Juan Delancer, el historiador dominicano hablando de la revolución de abril 1965...Decía que después del golpe de estado a Juan Bosch, el triunvirato permitió a los militares que se enriquecieran....y dice que eso lo arrastramos y se refuerza por esos truhanes, después de la dictadura desde esa fecha...Los gringos impidieron quizás, una generación de políticos menos angurriosos de cuartos, Juan Bosch no era angurrioso de cuartos, era un hombre especial, creativo, normalmente entretenido con lo intelectual, el arte, sin estar obsesionado con vanidades, y con el poder por el poder. Era un hombre ético y con diversidad de intereses.

Siento es una carta donde se cuidó de varios segmentos de la oligarquía...y destaca la opresiones usando el tema de las madres, a las cuales solo las proyecta en la visión tradicional: receptoras de dolor. Se nota que en la época los temas de la mujer y su participación política no pasaban ni por la mente de gente tan preclaras como el profesor Juan Bosch.

Mildred Dolores Mata

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Acá la carta entera.

A LAS MADRES DOMINICANAS DE TODOS LOS TIEMPOS: JUAN BOSCH

La madre en el drama histórico de la isla
Juan Bosch, ex presidente de la República Dominicana, escritor.


Por el ciudadano presidente Juan Bosch, 1963

Mañana es el Día de las Madres. Lo celebramos el último domingo de mayo y deberíamos hacerlo el primer día de la primavera, cuando la tierra entra en una nueva etapa de fecundidad; cuando el mundo en que vivimos da de sus entrañas todas las fuerzas ocultas que Dios ha puesto en él para que pueda ofrecer al hombre los mejores frutos, las flores más bellas, las mieles más ricas y los cantos más armoniosos de las aves.

En la religión católica de nuestro pueblo, la madre es María, la virgen de los siete dolores. Y está bien que sea así porque salvo el momento en que ve nacer al hijo y oye su primer grito, cuando la alegría de haber traído al mundo una nueva vida la embarga como una copa de licor divino, la madre siempre sufre: sufre el dolor físico del alumbramiento y sufre toda la vida el dolor moral del miedo; miedo a que su hijo se enferme o no sea el hombre bueno que ella espera o no resulte tan inteligente como lo desearía, y sufre cada hora la anticipación de la muerte de su criatura. Con los siete puñales del dolor clavados en su corazón, la madre de Jesús es el símbolo de la madre cristiana, y es por tanto el símbolo de la madre dominicana.

Patria, Minerva y María Teresa, Hermanas Mirabal, República Dominicana





¿Quién ha sufrido más que esta madre dominicana?

Sufrió cuando era india y llegaron los conquistadores españoles y echaron perros bravos al monte para cazar al hijo indio, y cuando tuvo hijo español y lo vio partir a la guerra para salvar el país de los piratas; sufrió cuando ya no era ni india ni española, sino mestiza y con la llegada de los esclavos, a quienes los amos arreaban a latigazos, comprobó que había razas sometidas y la suya era una de ellas; y sufrió cuando era madre esclava y veía nacer al hijo condenado a la esclavitud, o cuando fue negra libre y tuvo hijo del español y supo que ese hijo no sería bien querido porque nunca sería de la raza pura del padre.

La madre dominicana sufrió cuando los bucaneros se metieron tierra adentro disparando sus arcabuces y tomando presos a los pobladores; sufrió cuando el rey de España ordenó que se dejaran despobladas las ciudades del Oeste y del Norte y ella tuvo que hacer a pie, junto al hijo, los largos caminos hacia la Capital; sufrió cuando sus hijos tuvieron que ir a la guerra para reconquistar la Tortuga y para echar a los franceses hacia el mar y sufrió mucho más cuando llegaron los días de las guerras sociales en Haití
y cuando los haitianos entraron en la parte española y pasaron a cuchillo poblaciones enteras en Santiago, en Moca, en Cotuí y en las rutas del Sur.

Cuando los hombres combatían en Palo Hincado, cuando el hambre mataba a los sitiados de la Capital, cuando se luchaba, en fin, para volver a hacer española la colonia que había caído en poder de Francia, fue ella, la madre dominicana, la que vio a los hijos partir hacia las batallas y enflaquecer hasta la muerte en la ciudad sitiada.


Para hacer la patria, entre 1844 y 1855, ¿quién dio hijos si no ella? ¿Quién quedaba con el corazón atribulado cuando los hombres iban a combatir en Azua o en Santiago? ¿De dónde habían salido los que cayeron en Las Carreras y en Beller
si no era del vientre de la madre dominicana? ¿Y por dónde rodaban a chorros las lágrimas cuando al poblado lejano, al campo perdido, llegaba la noticia de la muerte de un combatiente, si no era por las mejillas secas de la madre?

La madre dominicana llevó sobre su alma el peso de la guerra cuando los españoles volvieron al país traídos por Santana y el pueblo se sublevó en Capotillo y comenzó aquella lucha sangrienta contra los que habían sido portadores de la civilización cristiana para sembrarla en nuestro suelo y en esa nueva ocasión eran ocupantes extranjeros de una República que a lo largo de once años había luchado en los valles y las lomas de la frontera y en las aguas del mar para que sus hijos fueran dueños de su patria. Mientras los hombres se mataban en Guanuma, en Puerto Plata, en el Canal de Paya, en los arenales de la Línea Noroeste, la madre dominicana esperaba en el bohío o en la casa de yaguas del pueblo que llegara la noticia de que el hijo había caído en la batalla.

Madre adolorida como la nuestra, ninguna; madre con el corazón deshecho por la angustia como la de nuestro pueblo, ninguna. Pues llegó la hora en que la bandera española se fue alejando mar afuera, pero los dominicanos, acostumbrados a matar para defender su República, siguieron matándose entre sí; y se mataban un día y otro, un mes y otro, un año y otro, hasta que el brazo fuerte de Ulises Heureaux impuso la paz; sólo que la paz fue la obra del crimen y con el crimen llegó el miedo a sentarse en el umbral de todas las puertas y entonces la madre sufrió de miedo y en cada pisada que sonaba en la noche creía ver llegar a los que iban en busca del hijo para fusilarlo en el cruce de dos caminos o para encerrarlo por vida en una cárcel pestilente o para llevárselo a la fuerza a servir en los cuarteles.

Madre dominicana, árbol del sufrimiento, ¿quién iba a decirte que del cadáver del tirano, caído a tiros en Moca, iban a salir los infiernos de la guerra civil? Pero salieron, y durante diecisiete años de espanto viste a tu hijo irse a los combates y miles de veces no lo viste volver y nunca supiste en qué perdido matorral quedó su cuerpo con una vena rota por donde la sangre que tú le diste había salido a chorros llevándose la vida que tú creaste para que fuera útil y hermosa.

Madre adolorida, esta república descansa en la base misma de tu corazón; está nutrida por tu dolor, por el dolor que padeciste cuando la infantería de marina norteamericana se adueñó de esta tierra y se llevó tu hijo a empujones para que no protestara por el atropello que le habían hecho a la patria; está nutrida por tu dolor de siglos, sobre el cual apenas es una luz lejana el recuerdo de algunos días de paz perdidos entre los muchos días de padecimientos.

Tras unos pocos de esos días de paz, cuando la bandera de la cruz hubo flotado en los cielos donde flotó la de las barras y las estrellas, cayó sobre ti el espanto; cayó como una ave de piedra en cuyos ojos fulguraba el crimen; cayó y se posó sobre la República y la cubrió de la costa a la montaña, del mar al río, de la arena al árbol, de la calle al nido. ¿De dónde vino Rafael Leonidas Trujillo, llama oscura, fuego ardiente y sin luz, señor de la maldad? ¿Por qué asesinó a tu hijo en los bosques, por qué lo torturó en La Cuarenta, por qué echó sus despojos al mar, por qué te lo lanzó al exilio? ¿Cómo se explica, madre dominicana, que tu alma pudiera resistir tanto tormento y no estallara? ¿Quién podrá decirnos por qué no se secó tu vientre; debido a qué milagro seguiste dando hijos para que la tiranía los triturara?

Hoy recuerdas con horror los días en que a la hora de la comida tu hijo tardaba y a ti se te encogía el alma pensando si no había caído en manos de los esbirros; las tardes en que rondaban por tu casa caras desconocidas y esa noche el hijo que había salido a pasear con los amigos no volvía a la hora acostumbrada y tú no podías dormir loca de sufrimiento, y temblabas a cada ruido esperando la peor de las noticias.
Mamá Tingana, líder campesina, que murió defendiendo su tierra



Madre dominicana, ¿cómo pudiste resistir treinta y dos años de crimen? Treinta y dos años es demasiado tiempo para sufrirlos con una lanza clavada en el corazón. En esos treinta y dos años, todos los días fueron de sangre y todas las noches fueron de pavor; y si tú pudiste padecerlos es porque la resistencia de tu alma es infinita.

Ciertos pueblos antiguos construían sus viviendas sobre el cadáver de un niño. Los cimientos de la patria dominicana están hechos sobre el dolor de la madre. No han sido los que han caído en los combates ni los torturados en las prisiones ni los fusilados en la noche ni los echados al exilio los que más han sufrido; ha sido ella, la madre, la que siempre espera porque siempre ama, la que tiene en el pecho una fuente inagotable de ternura y a la vez una llaga de miedo que jamás se cierra.

En este Día de las Madres debemos consagrar una hora a ella; a la madre de todos, a la que cada día pasa por nuestro lado sin que sepamos su nombre; a la que ya murió y a la que aún vive. No pensemos sólo en la nuestra, en la que nos llevó en su entraña y nos cobijó con su amor. Esa es siempre la más bella aunque sus rasgos sean toscos; la más joven aunque tenga ochenta años y peine canas; la más saludable aunque esté en lecho de enferma; la más alegre aunque el sufrimiento la haya deformado; la siempre viva aunque haya muerto. Pero la otra, la de todos, la madre del sufrimiento dominicano, la madre que dio hijos para que hicieran patria y los dio para las guerras civiles y los dio para restaurar la República y los dio de nuevo para que los caudillos los enviaran a la muerte; la madre dominicana que parió víctimas para la tiranía… ésa es la raíz misma de este pueblo, la fuente de su vida y tal vez la única explicación de su existencia.

Sea para ella nuestra veneración…

Pero nuestra preocupación debe ser para la madre pobre; la que en los ranchos de las ciudades y en los bohíos de los campos, a la luz de la jumiadora o de la lámpara, ha estado junto al catre o junto a la barbacoa del hijo enfermo, vigilándolo con ojos endurecidos por el trasnoche y rogando al Dios de las alturas, con palabras atravesadas por el dolor, la salvación del enfermito.

Salomé Ureña, poeta dominicana, madre de Pedro, Camila, Max, Enrique, primera maestra normal


Nuestros pensamientos son hoy, Día de las Madres, para ésa que levantó atormentada, buscando con ojos sin sentido en los rincones de la vivienda algo con qué hacer comida para sus hijos, los hijos del hambre que ella trajo al mundo con tanto amor como la señora encopetada, pero desdichadamente sin la comodidad de la señora encopetada.

Madre dominicana pobre, fuente del sufrimiento, flor de lágrimas: tus hijos duermen sin sábanas, tus hijos se levantan desnudos y pasarán el día desnudos o vestidos de harapos; tal vez tus hijos no comerán en este Día de las Madres. Pero ten la seguridad de que miles y miles de dominicanos oran y luchan para que en esta tierra que te debe tanto amanezca un día la justicia sentada en la loma más alta y en el bohío más humilde, con las dos manos llenas del pan que te has ganado con tu dolor en todos los años de nuestra historia.

Que el Señor te bendiga en este día, madre dominicana.

Carta de Juan Bosch sobre Haití y República Dominicana a Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui Cabral y Ramón Marrero Aristy

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Juan Bosch



Juan Bosch, Haití y la República Dominicana a 55 años.

2008-09-25 | perspectivaciudadana.com | Juan Bosch

Bajo el título de Carta para la Historia aparece este texto de Juan Bosch en el tomo XI de sus Obras Completas (2007). Escrita hace hoy cincuenta y cinco años, esta carta a Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui Cabral y Ramón Marrero Aristy es un documento conmovedor y de una vigencia lamentablemente abrumadora.

La Habana,

14 de junio de 1943.


Mis queridos Emilio Rodríguez Demorizi,

Héctor Incháustegui y Ramón Marrero Aristy:

Ustedes se van mañana, creo, y antes de que vuelvan al país quiero escribirles unas líneas que acaso sean las últimas que produzca sobre el caso dominicano como dominicano. No digo que algún día no vuelva al tema, pero lo haré ya a tanta distancia mental y psicológica de mi patria nativa como pudiera hacerlo un señor de Alaska.

En primer lugar, gracias por la leve compañía con que me han regalado hoy; la agradezco como hombre preocupado por el comercio de las ideas, jamás porque ella me haya producido esa indescriptible emoción que se siente cuando en la voz, en el tono, en las palabras de un amigo que ha dejado de verse por mucho tiempo se advierten los recuerdos de un sitio en que uno fue feliz. Acaso para mi dicha, nunca fui feliz en la República Dominicana, ni como ser humano ni como escritor ni como ciudadano; en cambio sufrí enormemente en todas esas condiciones.

Hoy también he sufrido…Pues de mi reunión con Uds. he sacado una conclusión dolorosa, y es ésta: la tragedia de mi país ha calado mucho más allá de donde era posible concebir. La dictadura ha llegado a conformar una base ideológica que ya parece natural en el aire dominicano y que costará enormemente vencer, si es que puede vencerse alguna vez. No me refiero a hechos concretos relacionados con determinada persona; no hablo de que los dominicanos se sientan más o menos identificados con Trujillo, que defiendan o ataquen su régimen, que mantengan tal o cual idea sobre el suceso limitado de la situación política actual en Santo Domingo; no, mis amigos queridos: hablo de una transformación de la mentalidad nacional que es en realidad incompatible con aquellos principios de convivencia humana en los cuales los hombres y los pueblos han creído con firme fe durante las épocas mejores del mundo, por los que los guías del género humano han padecido y muerto, han sufrido y se han sacrificado. Me refiero a la actitud mental y moral de Uds. – y por tanto de la mejor parte de mi pueblo – frente a un caso que a todos nos toca: el haitiano.

Antes de seguir desearía recordar a Uds. que hay una obra mía, diseminada por todo nuestro ámbito, que ha sido escrita, forjada al solo estímulo de mi amor por el pueblo dominicano. Me refiero a mis cuentos. Ni el deseo de ganar dinero ni el de obtener con ellos un renombre que me permitiera ganar algún día una posición política o económica ni propósito bastardo alguno dio origen a esos cuentos. Uds. son escritores y saben que cuando uno empieza a escribir, cuando lo hace como nosotros, sincera, lealmente, no lleva otro fin que el de expresar una inquietud interior angustiosa y agobiadora. Así, ahí está mi obra para defenderme si alguien dice actualmente o en el porvenir que soy un mal dominicano. Hablo, pues, con derecho a reclamar que se me oiga como al menos malo de los hijos de mi tierra.

Los he oído a Uds. expresarse, especialmente a Emilio y Marrero, casi con odio hacia los haitianos, y me he preguntado cómo es posible amar al propio pueblo y despreciar al ajeno; cómo es posible querer a los hijos de uno al tiempo que se odia a los hijos del vecino, así, sólo porque son hijos de otro. Creo que Uds. no han meditado sobre el derecho de un ser humano, sea haitiano o chino, a vivir con aquel mínimo de bienestar indispensable para que la vida no sea una carga insoportable; que Uds. consideran a los haitianos punto menos que animales, porque a los cerdos, a las vacas, a los perros no les negarían Uds. el derecho de vivir…

Pero creo también – y espero no equivocarme – que Uds. sufren una confusión; que Uds. han dejado que el juicio les haya sido desviado por aquéllos que en Haití y en la República Dominicana utilizan a ambos pueblos para sus ventajas personales. Porque eso es lo que ocurre, amigos míos. Si me permiten he de explicárselo:

El pueblo dominicano y el pueblo haitiano han vivido desde el Descubrimiento hasta hoy – o desde que se formaron hasta la fecha – igualmente sometidos en términos generales. Para el caso no importa que Santo Domingo tenga una masa menos pobre y menos ignorante. No hay diferencia fundamental entre el estado de miseria e ignorancia de un haitiano y el de un dominicano, si ambos se miden, no por lo que han adquirido en bienes y conocimientos, sino por lo que les falta adquirir todavía para llamarse con justo título, seres humanos satisfechos y orgullosos de serlo. El pueblo haitiano es un poco más pobre, y debido a esa circunstancia, luchando con el hambre, que es algo más serio de lo que puede imaginarse quien no la haya padecido en sí, en sus hijos y en sus antepasados, procura burlar la vigilancia dominicana y cruza la frontera; si el caso fuera al revés, sería el dominicano el que emigraría ilegalmente a Haití. El haitiano es, pues, más digno de compasión que el dominicano; en orden de su miseria merece más que luchemos por él, que tratemos de sacarlo de su condición de bestia. Ninguno de Uds. sería capaz de pegar con el pie a quien llegara a sus puertas en busca de abrigo o de pan: y si no lo hacen como hombres, no pueden hacerlo como ciudadanos.

Ahora bien, así como el estado de ambos pueblos se relaciona, porque los dos padecen, así también se relacionan aquéllos que en Santo Domingo igual que en Haití explotan al pueblo, acumulan millones, privan a los demás del derecho de hablar para que no denuncien sus tropelías, del derecho de asociarse políticamente, para que no combatan sus privilegios, del derecho de ser dignos para que no echen por el suelo sus monumentos de indignidad. No hay diferencia fundamental entre los dominicanos y los haitianos de la masa; no hay diferencia fundamental entre los dominicanos y los haitianos de la clase dominante.

Pero así como en los hombres del pueblo en ambos países hay un interés común – el de lograr sus libertades para tener acceso al bienestar que todo hijo de mujer merece y necesita -, en las clases dominantes de Haití y Santo Domingo hay choques de intereses, porque ambas quieren para sí la mayor riqueza. Los pueblos están igualmente sometidos; las clases dominantes son competidoras. Trujillo y todo lo que él representa como minoría explotadora desean la riqueza de la isla para sí; Lescot y todo lo que él representa como minoría explotadora, también. Entonces, uno y otro – unos y otros, mejor dicho – utilizan a sus pueblos respectivos para que les sirvan de tropa de choque: esta tropa que batalle para que el vencedor acreciente su poder. Engañan ambos a los pueblos con el espejismo de un nacionalismo intransigente que no es amor a la propia tierra sino odio a la extraña, y sobre todo, apetencia del poder total. Y si los más puros y los mejores entre aquéllos que por ser intelectuales, personas que han aprendido a distinguir la verdad en el fango de la mentira se dejan embaucar y acaban enamorándose de esa mentira, acabaremos olvidando que el deber de los más altos por más cultos no es ponerse al servicio consciente o inconsciente de una minoría explotadora, rapaz y sin escrúpulos, sino al servicio del hombre del pueblo, sea haitiano, boliviano o dominicano.

Cuando los diplomáticos haitianos hacen aquí o allá una labor que Uds. estiman perjudicial para la República Dominicana, ¿saben lo que están haciendo ellos, aunque crean de buena fe que están procediendo como patriotas? Pues están simplemente sirviendo a los intereses de esa minoría que ahora está presidida por Lescot como ayer lo estaba por Vincent . Y cuando los intelectuales dominicanos escriben – como lo ha hecho Marrero, de total motu propio según él dijo olvidando que no hay ya lugar para el libre albedrío en el mundo – artículos contrarios a Haití están sirviendo inconscientemente - pero sirviendo – a los que explotan al pueblo dominicano y lo tratan como enemigo militarmente conquistado.

No, amigos míos…Salgan de su ofuscación. Nuestro deber como dominicanos que formamos parte de la humanidad es defender al pueblo haitiano de sus explotadores, con igual ardor que al pueblo dominicano de los suyos. No hay que confundir a Trujillo con la República Dominicana ni a Lescot con Haití. Uds. mismos lo afirman cuando dicen que Lescot subió al poder ayudado por Trujillo y ahora lo combate. También Trujillo llevó al poder a Lescot y ahora lo ataca. Es que ambos tienen intereses opuestos, como opuestos son los de cada uno a los de sus pueblos respectivos y a los del género humano.

Nuestro deber es, ahora, luchar por la libertad de nuestro pueblo y luchar por la libertad del pueblo haitiano. Cuando de aquél y de este lado de la frontera, los hombres tengan casa, libros, medicinas, ropa, alimentos en abundancia; cuando seamos todos, haitianos y dominicanos, ricos y cultos y sanos, no habrá pugnas entre los hijos de Duarte y de Toussaint, porque ni estos irán a buscar, acosados por el hambre, tierras dominicanas en qué cosechar un mísero plátano necesario a su sustento, ni aquéllos tendrán que volver los ojos a un país de origen, idioma y cultura diferentes, a menos que lo hagan con ánimo de aumentar sus conocimientos de la tierra y los hombres que la viven.

Ese sentimiento de indignación viril que los anima ahora con respecto a Haití, volvámoslo contra el que esclaviza y explota a los dominicanos; contra el que, con la presión de su poder casi total, cambia los sentimientos de todos los dominicanos, los mejores sentimientos nuestros, forzándonos a abandonar el don de la amistad, el de la discreción, el de la correcta valoración de todo lo que alienta en el mundo. Y después, convoquemos en son de hermanos a los haitianos y ayudémosles a ser ellos libres también de sus explotadores; a que, lo mismo que nosotros, puedan levantar una patria próspera, culta, feliz, en la que sus mejores virtudes, sus mejores tradiciones florezcan con la misma espontaneidad que todos deseamos para las nuestras.

Hay que saber distinguir quién es el verdadero enemigo y no olvidar que el derecho a vivir es universal para individuos y pueblos. Yo sé que Uds. saben esto, que Uds., como yo, aspiran a una patria mejor, a una patria que pueda codearse con las más avanzadas del globo. Y no la lograremos por otro camino que por el del respeto a todos los derechos, que si están hoy violados en Santo Domingo no deben ofuscarnos hasta llevarnos a desear que sean violados por nosotros en lugares distintos.

Yo creo en Uds. Por eso he sufrido. Creo en Uds. hasta el hecho de no dolerme que Marrero mostrara a Emilio el papelito que le escribí con ánimo de beneficiarlo y sin ánimo de molestar ni por acción ni por omisión a Emilio. En todos creo, a todos los quiero y en su claro juicio tengo fe. Por eso me han hecho sufrir esta tarde.

Pero el porvenir ha de vernos un día abrazados, en medio de un mundo libre de opresores y de prejuicios, un mundo en que quepan los haitianos y los dominicanos, y en el que todos los que tenemos el deber de ser mejores estaremos luchando juntos contra la miseria y la ignorancia de todos los hombres de la tierra.

Mándenme como hermano y ténganme por tal.

Juan Bosch

"En Para la Historia, dos cartas, Santiago, R.D. Editorial el Diario, 1943, pp.3-8"

A propósito de que se quiere cambiar el Jus Soli (Derecho al suelo): Juan Bosch y su cuento Luis Pie

En el mundo existen distintos idiomas, distintos mal entendidos, distintos culpables a los que ocasionan las adversidades. Migrantes haitianos y haitianas comparten su sudor en República Dominicana, más... se pretende que sus hijos, nacidos aquí, no formen parte de la sociedad como nacionales: un fenómeno mundial. Actualmente tenemos en la Constitución el jus soli, el derecho al suelo; ahora se propone en la Reforma Constitucional que no podrá integrarse al país con ciudadanía ningún hijo o hija de indocumentados/as. La abundancia sólo nos llega hasta coger el sudor. Tenemos que abrirnos más hacia los otros y hacia las otras, y sobre todo con los más desventajados/as.

Acá un cuento de Juan Bosch. La sensibilidad de un dominicano que pudo mirar realidades, hace muchísimos años. En el partido que fundó la derecha radical parece que campea y dirige en este tema. Veamos en este cuento, al igual que en Juan Rulfo, la ternura de Bosch hacia un haitiano y hacia sus hijos/as, miremos que podía mirar un endurecimiento histórico en algunos/as dominicanos/as.


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Luis Pie

Por Juan Bosch

A eso de las siete la fiebre aturdía al haitiano Luis Pie.

Además de que sentía la pierna endurecida, golpes internos le sacudían la ingle. Medio ciego por el dolor de cabeza y la debilidad, Luis Pie se sentó en el suelo, sobre las secas hojas de la caña, rayó un fósforo y trató de ver la herida. Allí estaba, en el dedo grueso de su pie derecho. Se trataba de una herida que no alcanzaba la pulgada, pero estaba llena de lodo. Se había cortado el dedo la tarde anterior, al pisar un pedazo de hierro viejo mientras tumbaba caña en la colonia Josefita.

Un golpe de aire apagó el fósforo, y el haitiano encendió otro. Quería estar seguro de que el mal le había entrado por la herida y no que se debía a obra de algún desconocido que deseaba hacerle daño. Escudriñó la pequeña cortada, con sus ojos cargados por la fiebre, y no supo qué responderse; después quiso levantarse y andar, pero el dolor había aumentado a tal grado que no podía mover la pierna.

Esto ocurría el sábado, al iniciarse la noche. Luis Pie pegó la frente al suelo, buscando el fresco de la tierra, y cuando la alzó de nuevo le pareció que había itranscurrido mucho tiempo. Hubiera
querido quedarse allí descansando; mas de pronto el instinto le hizo salir ja cabeza. —Ah... Pití Mishe ta eperan a mué —dijo con amargura Necesariamente debía salir al camino, donde tal vez alguien le ayudaría a seguir hacia el batey; podría pasar una carreta o un peón montado que fuera a la fiesta de esa noche.

Arrastrándose a duras penas, a veces pegando el pecho a la tierra, Luis Pie emprendió el camino. Pero de pronto alzó la cabeza: hacia su espalda sonaba algo como un auto. El haitiano meditó un
minuto. Su rostro brillante y sus ojos inteligentes se mostraban angustiados. ¿Habría perdido el rumbo debido al dolor o la oscuridad lo confundía? Temía no llegar al camino en toda la noche, y en ese caso los tres hijitos le esperarían junto a la hoguera que Miguel, el mayor, encendía de noche para que el padre pudiera prepararles con rapidez harina de maíz o les salcochara plátanos, a su retorno del trabajo. Si él se perdía, los niños le esperarían hasta que el sueño
los aturdiera y se quedarían dormidos allí, junto a la hoguera consumida.

Luis Pie sentía a menudo un miedo terrible de que sus hijos no comieran o de que Miguel, que era enfermizo, se le muriera un día, como se le murió la mujer. Para que no les faltara comida Luis Pie cargó con ellos desde Haití, caminando sin cesar, primero a través de las lomas, en el cruce de la frontera dominicana, luego a lo largo de todo el Cibao, después recorriendo las soleadas carreteras del Este, hasta verse en la región de los centrales de azúcar.

—¡Bonyé! —gimió Luis Pie con la frente sobre el brazo y la pierna sacudida por temblores—, pití Mishé va a ta eperán to la noche a son per.

Y entonces sintó ganas de llorar, a lo que se negó porque temía entregarse a la debilidad. Lo que debía hacer era buscar el rumbo y avanzar. Cuando volvió a levantar la cabeza ya no se oía el
ruido del motor.

—No, no ta sien palla; ta sien paca —afirmó resuelto. Y siguió arrastrándose, andando a veces a gatas. Pero sí había pasado a distancia un motor.

Luis Pie llegó de su tierra meses antes y se puso a trabajar, primero en la Colonia Carolina, después en la Josefita; e ignoraba que detrás estaba otra colonia, la Gloria, con su trocha medio
kilómetro más lejos, y que don Valentín Quintero, el dueño de la Gloria, tenía un viejo Ford en el cual iba al batey a emborracharse y a pegarles a las mujeres que llegaban hasta allí, por la zafra, en busca de unos pesos. Don Valentín acababa de pasar por aquella trocha en su estrepitoso Ford; y como iba muy alegre, pensando en la fiesta de esa noche, no tomó en cuenta, cuando encendió el tabaco, que el auto pasaba junto al cañaveral. Golpeando en la espalda al chofer, don Valentín dijo: —Esa Lucía es una sinvergüenza, sí señor, ¡pero qué hembra!
Y en ese momento lanzó el fósforo, que cayó encendido entre las cañas. Disparando ruidosamente el Ford se perdió en dirección del batey para llegar allá antes de que Luis Pie hubiera avanzado trescientos metros.

Tal vez esa distancia había logrado arrastrarse el haitiano.

Trataba de llegar a la orilla del corte de la caña, porque sabía que el corte empieza siempre junto a una trocha; iba con la esperanza de salir a la trocha cuando notó el resplandor. Al principio no
comprendió; jamás había visto él un incendio en el cañaveral. Pero de pronto oyó chasquidos y una llamarada gigantesca se levantó inesperadamente hacia el cielo, iluminando el lugar con un tono rojizo. Luis Pie se quedó inmóvil del asombro. Se puso de rodillas y se preguntaba qué era aquello. Mas el fuego se extendía con demasiada rapidez para que Luis Pie no supiera de qué se trataba. Echándose sobre las cañas, como si tuvieran vida, las llamas avanzaban ávidamente, envueltas en un humo negro que iba cubriendo todo el lugar; los tallos disparaban sin cesar y por momentos el fuego se producía en explosiones y ascendía a golpes hasta perderse en la
altura. El haitiano temió que iba a quedar cercado. Quiso huir. Se levantó y pretendió correr a saltos sobre una sola pierna. Pero le pareció que nada podría salvarle.

—¡Bonyé, Bonyé! —empezó a aullar, fuera de sí; y luego, más alto aún: —¡Bonyéeeee!

Gritó de tal manera y llegó a tanto su terror, que por un instante perdió la voz y el conocimiento. Sin embargo siguió moviéndose, tratando de escapar, pero sin saber en verdad qué hacía. Quienquiera que fuera, el enemigo que le había echado el mal se valió de fuerzas poderosas. Luis Pie lo reconoció así y se preparó a lo peor.

Pegado a la tierra, con sus ojos desorbitados por el pavor, veía crecer el fuego cuando le pareció o ir tropel de caballos, voces de mando y tiros. Rápidamente levantó la cabeza. La esperanza le
embriagó.

—¡Bonyé, Bonyé —clamó casi llorando—, ayuda a mué, gran Bonyé;
tú salva a mué de murí quemá!

¡Iba a salvarlo el buen Dios de los desgraciados! Su instinto le hizo agudizar todos los sentidos. Aplicó el oído para saber en qué dirección estaban sus presuntos salvadores; buscó con los ojos la
presencia de esos dominicanos generosos que iban a sacarlo del infierno de llamas en que se hallaba. Dando la mayor amplitud posible a su voz, gritó estentóreamente:

—¡Dominiquén bon, aquí ta mué, Luí Pie! ¡Salva a mué, dominiquén bon!

Entonces oyó que alguien vociferaba desde el otro lado del cañaveral. La voz decía:
—¡Por aquí, por aquí! ¡Corran, que está cogió! ¡Corran, que se puede ir!

Olvidándose de su fiebre y de su pierna, Luis Pie se incorporó y corrió. Iba cojeando, dando saltos, hasta que tropezó y cayó de bruces. Volvió a pararse al tiempo que miraba hacia el cielo y
mascullaba:

—Oh Bonyé, gran Bonyé que ta ayudan a mué...

En ese mismo instante la alegría le cortó el habla, pues a su frente, irrumpiendo por entre las cañas, acababa de aparecer un hombre a caballo, un salvador.

—¡Aquí está, corran! —demandó el hombre dirigiéndose a los que le seguían.

Inmediatamente aparecieron diez o doce, muchos de ellos a pie y la mayoría armada de mochas. Todos gritaban insultos y se lanzaban sobre Luis Pie.

—¡Hay que matarlo ahí mismo, y que se achicharre con la candela ese maldito haitiano! —se oyó vociferar.

Puesto de rodillas, Luis Pie, que apenas entendía el idioma, rogaba enternecido:
—¡Ah dominiquén bon, salva a mué, salva a mué pa lleva manyé a mon pití!

Una mocha cayó de plano en su cabeza, y el acero resonó largamente.

—¿Qué ta pasan? —preguntó Luis Pie lleno de miedo.
—¡No, no! —ordenaba alguien que corría—. ¡Dénles golpes, pero no lo maten! ¡Hay que dejarlo vivo para que diga quiénes son sus cómplices! ¡Le han pegado fuego también a la Gloria!
El que así gritaba era don Valentín Quintero, y él fue el primero en dar el ejemplo. Le pegó al haitiano en la nariz, haciendo saltar la sangre. Después siguieron otros, mientras Luis Pie,
gimiendo, alzaba los brazos y pedía perdón por un daño que no había hecho. Le encontraron en los bolsillos una caja con cuatro o cinco fósforos.

—¡Canalla, bandolero; confiesa que prendiste candela!
—Uí, uí —afirmaba él haitiano. Pero como no sabía explicarse en español no podía decir que había encendido dos fósforos para verse la herida y qué el viento los había apagado.

¿Qué había ocurrido? Luis Pié no lo comprendía. Su poderoso enemigo acabaría con él; le había echado encima a todos los terribles dioses de Haití, y Luis Pie, que temía a esas fuerzas ocultas, no iba a luchar contra ellas porque sabía que era inútil!

—¡Levántate, perro! —ordenó un soldado.

Con gran asombro suyo, el haitiano se sintió capaz de levantarse. La primera arremetida de la infección había pasado, pero él lo ignoraba. Todavía cojeaba bastante cuando dos soldados lo
echaron por delante y lo sacaron al camino; después, a golpes y empujones, debió seguir sin detenerse, aunque a veces le era imposible sufrir el dolor en la ingle.

Tardó una hora en llegar al batey, donde la gente se agolpó para verlo pasar. Iba echando sangre por la cabeza, con la ropa desgarrada y una pierna a rastras. Se le veía qué no podía ya mas,
que estaba exhausto y a punto de caer desfallecido.

El grupo se acercaba a un miserable bohío de yaguas paradas, en el que apenas cabía un hombre y en cuya puerta, destacados por una hoguera que iluminaba adentro la vivienda, estaban tres niños desnudos que contemplaban la escena sin moverse y sin decir una palabra.

Aunque la luz era escasa todo el mundo vio a Luis Pie cuando su rostro pasó de aquella impresión de vencido a la de atención; todo el mundo vio el resplandor del interés en sus ojos. Era tal el
momento que nadie habló. Y de pronto la voz de Luis Pie, una voz llena de angustia y de ternura, se alzó en medio del silencio, diciendo:

—¡Pití Mishé, mon pití Mishé! ¿Tú no ta enferme, mon pití? ¿Tú ta bien?

El mayor de los niños, que tendría seis años y que presenciaba la escena llorando amargamente, dijo entre llanto, sin mover un músculo, hablando bien alto:

—¡Sí, per; yo ta bien; to nosotro ta bien, mon per! Y se quedó inmóvil, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.

Luis Pie, asombrado de que sus hijos no se hallaran bajo el poder de las tenebrosas fuerzas que le perseguían, no pudo contener sus palabras.

—¡Oh Bonyé, tú sé gran! —clamó volviendo al cielo una honda mirada de gratitud.

Después abatió la cabeza, pegó la barbilla al pecho que no lo vieran llorar, y empezó a caminar de nuevo, arrastrando su pierna enferma. La gente que se agrupaba alrededor de Luis Pie era mucha y pareció dudar entre seguirlo o detenerse para ver a los niños; pero como no tardó en comprender que el espectáculo que ofrecía Luis Pie era más atrayente, decidió ir tras él. Sólo una muchacha negra de acaso doce años se demoró frente a la casucha. Pareció que iba a dirigirse hacia los niños; pero al fin echó a correr tras la turba, que iba doblando una esquina. Luis Pie había vuelto el rostro, sin duda para ver una vez más a sus hijos, y uno de los soldados pareció
llenarse de ira.

—¡Ya ta bueno de hablar con la familia! —rugía el soldado. La muchacha llegó al grupo justamente cuando el militar levantaba el puño para pegarle a Luis Pie, y como estaba asustada cerró los ojos para no ver la escena. Durante un segundo esperó el ruido.

Pero el chasquido del golpe no llegó a sonar. Pues aunque deseaba pegar, el soldado se contuvo. Tenía la mano demasiado adolorida por el uso que le había dado esa noche, y, además, comprendió que por duro que le pegara Luis Pie no se daría cuenta de ello.

No podía darse cuenta, porque iba caminando como un borracho, mirando hacia el cielo y hasta ligeramente sonreído.