Juego, ¿la vida es juego?

Juego, ¿la vida es juego?
(Cuento)

Josefina revisó su listado de tareas. Aun le quedaba por hacer una hora de natación, y practicar los ejercicios yoga, para terminar su rutina de relajamiento y meditación.

Dejó de escribir, se fue al balcón, y contempló la ciudad con sus altos pinos y anchos algodones de cielo. Son las cuatro de la tarde, el sol tropical luce con todo su esplendor; y yo, su madre, doña Amantina, gozo con la amena conversación al teléfono, de mi amiga, la magistrada Eduviges.

Le propuse que fuésemos hasta la plaza, ella pedaleando en la bicicleta y yo caminando. No importa que no fuésemos exactamente juntas, pero sí por la misma calle. Fui al banco, cobré un cheque de cien mil pesos (unos tres mil dólares). Pagué varias facturas, y nos encontramos de nuevo en el salón de ejercicios, a las siete de la noche.

Dos horas más tarde nos enteramos de que había comenzado la guerra de Irak. No lo podía creer, nunca pensé que después del 11 de septiembre del 2001 los Estados Unidos invadiría otra nación. Medité durante horas por la paz mundial, hasta que el agotamiento me venció. Me quedé dormida encima de la alfombra. Desperté a las dos de la mañana en los brazos de Josefina que me llevaba hacia mi cama. Sentí dulzura y paz.

Esos sentimientos me duraron poco. De nuevo recordé la guerra, lloré inconsolablemente, hasta que de nuevo el sol me abrazó largamente.

Tengo sesenta y nueve años, y mi hija Josefina treinta seis. Ella es una gran atleta, practica karate, yoga, natación y es ciclista. Mi hija también es militar.

Hace tres meses, Josefina se fue a Irak.

Santiago, RD, 19 de junio de 2005

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