Ante Haití: Aprendiendo a coexistir

Dice el psicólogo Alfred Adler que la vida humana es muy vulnerable, frágil. Lo que lleva a algunos humanos a tener complejo de inferioridad; y añade: que ese complejo de inferioridad, lo tratamos de sobrellevar buscando sentirnos importantes; resaltar, mediante el dominio, el poder, la fama,…entre otros estados de ánimo exteriores al valor y a las realizaciones internas.

Describen también personas socializados en la cultura occidental que se dedican a la filosofía, a la psicología, al misticismo, y que se han compenetrado con la cultura oriental, y de manera específica, con el budismo; que específicamente, la cultura occidental suele adolecer de vivir de las comparaciones, de prejuicios, de estereotipos, y de ideas tales como: triunfadores versus fracasados/as, disfrutar el vivir compitiendo, realizándose algunos humanos con sentir a otros/as como inferiores,… todas: maneras que se han constituido, con cierta frecuencia, en leitmotiv para algunas personas vivir.

El místico, sacerdote jesuita, y budista, Anthony de Mello, sostiene en su libro Una llamada al amor (Consciencia, libertad y felicidad) que estos rasgos competitivos y los apegos a la vanidad, al consumismo, a la dependencia del que dirán, etcétera, enferman de ansiedad y de angustia a parte de nuestro mundo occidental.

Mucha gente se está quejando de este modelo violento de vivir, que ha llevado a algunas/os a buscar la trascendencia a través de los sentimientos de sentirse superior a los demás, resaltando los defectos de los que consideran inferiores. Y que todo este patrón de vida ha degenerado en la destrucción del medio ambiente, y dificulta la armonía en las relaciones entre las personas, y entre los países.

En la República Dominicana cada determinado tiempo, unas varias veces al año, suelen destaparse algunas personas enumerando algunos defectos y perjuicios de las y los haitianos. Se quejan de que tienen el cólera, de que no han sabido administrar sus recursos, de que han sido y son racistas con los blancos (los franceses, por ejemplo, cuando lograron sublevarse contra la esclavitud), de que trabajan demasiados en determinadas áreas de la economía, de sus diferencias culturales (lengua, ideología religiosa), de que son muchos, de que son ilegales, de que usan nuestros servicios de salud, entre otras situaciones que consideran alarmantemente negativas para la República Dominicana.

Y para quien milita en la no violencia, en la paz, en la hermandad, en el realismo, en la objetividad, leer tanta petulancia, es un verdadero ejercicio de santidad y sanación, para cultivar la aceptación, y la comprensión, ante nuestras diferencias como sociedad dominicana, ante Haití y su pobreza y ante sus inmigrantes, y ¿porqué no?: ante nuestros emigrantes.

Este tipo de descripciones peyorativas no ofrecen un mínimo análisis de estos hechos. No hablan por ejemplo, de que nuestras capacidades productivas han venido descansando en la mano de obra barata, no explican sobre las causas del fenómeno mundial de las inmigraciones, no retienen el dato sobre nuestro millón de emigrantes, del estancamiento en aplicar nuestras leyes de migración, no se habla de los daños de la mentalidad productivista de las plantaciones al planeta; ni por asomo se cuestiona de la violencia de cazar personas y trasladarlas en barcos para que se forjaran las riquezas, ni se mencionan los países esclavistas, por ejemplo, y de que, en ese sistema, no fueron enriquecidas las personas explotadas, ni social, ni económica, ni política, ni espiritualmente. En fin, que el negativismo o el positivismo ante Haití, y sus inmigrantes, y sobre cuáles trapos tirar al sol, depende del lente que cada quien se ponga. Acostumbrémonos, y amémonos, con estas diferencias, hasta que nos sanemos de algunas facetas de ceguera parciales.

Una parte de la sociedad dominicana busca vencer ese complejo de inferioridad del que habla Adler, sintiéndose importante mediante la comunión entre iguales, el servicio, la cooperación y el comunitarismo; y no se suele poner distancia con las personas y con los países más pobres, ni con las culturas diferentes.

La cultura de la época colonial española, francesa, de las élites, no valoraban el trabajo manual, y aún en algunos/as, persiste el desprecio hacia quien hace el trabajo duro. Las y los africanos eran pobres, y fueron sometidos a la esclavitud. La mayoría de las y los haitianos son pobres, y son de la raza negra de los antiguos esclavos y esclavas.

Los y las haitianas, además de pobres, tienen una cultura diferente a la española (lengua, religión), y además en la República Dominicana se han inculcado pensamientos y sentimientos anti Haití, por parte de dictadores, como Rafael Leonidas Trujillo, y Joaquín Balaguer, con la ayuda de algunos intelectuales, como es el caso de Manuel Arturo Peña Batlle.

Algunas personas dicen que el rechazo a los haitianos y haitianas de una parte de los/as dominicanos/as se debe a los veinte y dos (22) años de colonización haitiana a nuestro territorio. Sin embargo, no tenemos ese sentimiento de rechazo hacia los españoles y norteamericanos, que nos han colonizado e invadido. Se sospecha que la pobreza de Haití es vital para ese rechazo.

Según Alfred Adler, para sentirse superiores, algunos no quieren estar cerca de lo que huela a limitaciones, a pobreza, porque algunos/as se les ha hecho difícil la humildad y la solidaridad; así como el análisis de cómo se interactúa económicamente, con ventajas, y el como nuestra mentalidad un poco anómica, refuerza inconductas éticas y sociales de inmigrantes haitianos/as y de emigrantes dominicanos.

Los dominicanos y dominicanas somos los vecinos de Haití, y viceversa. Compartimos una isla. Ir a Haití, y llegar desde Haití hasta aquí no es complicado: El Masacre se cruza a pie. Somos vecinos /as pobres, tenemos intercambios económicos: mano de obra, exportaciones. Pero también  tenemos los corazones divididos. Unos recitan defectos de las y los haitianos; otras, otros: nos dedicamos a cooperar, a aprender los idiomas mutuos, a sentirnos y a actuar como hermanos y hermanas, sin importar las circunstancias.

Ver, también en: 
http://elmunicipio.com.do/contentsreflex.aspx?key=280
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