Haití y República Dominicana: la mirada de Miguel Angel Fornerín, en la que relativiza el racismo bovarista en dominicana


Haití, nosotros y el bovarismo

Haití, nosotros y el bovarismo
MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN | Nos ha quedado una figura frágil, pero maravillosa de un hombre como Juan Pablo Duarte cuyos sueños nos unen a pesar de no haber sido elhombre de acción que fuera Sánchez ni el ambicioso político que cada día nos joroba la existencia. 
I
Algunas voces repiten que los dominicanos no queremos ser haitianos y que nuestra actitud colectiva está fundamentada en que el pueblo dominicano es racista. Siempre me ha parecido una afirmación falsa. Leyendo a Moreau de Saint-Méry he vuelto a encontrar razones para refutar tan desaguisada opinión. 
II
El dominicano no quiere ser haitiano porque los valores de los haitianos, que respetamos y muchos de ellos compartimos, son el resultado de un proceso de negritud y los nuestros de acriollamiento, sobre todo de acriollamiento mulato. Las islas hispánicas, es decir bajo la cultura y el coloniaje español, han tenido un derrotero distinto al de las islas francesas e inglesas. 
III 
Los que han escrito sobre ellas en su conjunto han priorizado una lectura, que si bien es correcta por el mismo hecho de ser su mirada muy panorámica, no ha dejado de ser reduccionista o demasiado matizada hacia un aspecto sobresaliente de nuestra identidad. Pongo dos ejemplos, Juan Bosch define el Caribe como espacio codiciado por las potencias europeas para el desarrollo del capitalismo moderno: un Caribe que funciona bajo la metáfora de frontera acuática; un lugar de sangre y sufrimiento, del indio, el negro, el mulato, el chino y el indú, traídos en una diáspora forzada por los imperios europeos. El de Bosch, es un libro de geopolítica. 
IV 
En menor medida, pero tomando la palabra a Bosch, en el sentido de que era perentorio realizar una historia económica del Caribe, el historiador Frank Moya Pons escribe y publica su extraordinaria Historia del Caribe, azúcar y plantaciones en el mundo atlántico. Moya Pons, gran narrador e historiador de oficio, nos lleva a barloventear y a sotaventear por las islas montados en dos metáforas, azúcar y plantación, es decir, habitación, sin dejarnos ver los elementos políticos que determinaron el así somos. En esa materia cabe citar al trinitario Eric Williams, quien publica en la misma época que Bosch, From Columbus to Castro: The History of the Caribbean 1492-1969. 
V 
En la cultura dominicana, los estudios del Caribe, no van tan lejos. En Cuba Antonio Benítez Rojo realiza un largo peregrinaje montado en la teoría del caos y en la idea temporal de la repetición; el Caribe como un todo, que gira y se repite; un conjunto que es uno solo y diverso. En Martinica, Edouard Glissant, inauguró una narrativa culturalista antillana en Le discours antillaisstraducido recientemente al español en Venezuela. El acercamiento de  de Glissant es el de un poeta, un sabio, un filósofo; es etnológico, historiador. Si no atuvieran tan centrados en las Antillas francesas, hubiese superado las distintas miradas anteriores. De los textos más contemporáneos, quiero citar el extraordinario Éloge de la creoleté/ In praise of creoleness, de Jean Bernabé, Patrice Chamoiseau y Rafael Confiant (Gallimard, 1989, John  Hopkins, 1993), es la más inclusiva síntesis que nos retrata en nuestra propia diversidad. 
VI 
Poco a poco los estudios individuales nos llevan a conocernos. A buscar formas de cooperación y de acción en el mundo Caribe. Pero las ideologías y los fantasmas permanecen, muchas veces fijados por los intereses económicos, políticos y las imposturas intelectuales. 
VII 
La identidad criolla del dominicano es problemática y difícil de entender para muchos lectores y opinantes. Esto se hace más complejo cuando tenemos que definir la dominicanidad frente a Haití, que en el siglo XIX tuvo la más esplendorosa y admirable gesta por la humanidad con la abolición radical de la esclavitud. Su hito la ha convertido —lamentablemente— en la nación más pobre de nuestro continente. 
VIII 
La forma lastimosa en la que vive el haitiano hoy, no sólo nos lleva a quererlo y a desear un mejor porvenir para ese pueblo, sino que nos convoca a la acción en la consecución de planes y estrategias de cooperación. Por más que digan los adversarios de la República Dominicana, a pesar de todas las formas contrarias a lo que creemos deben ser nuestras relaciones, los dominicanos hacemos por los haitianos más que ningún otro pueblo. 
IV 
Los que quieren que hagamos  más fundamentan sus apreciaciones en que somos en conjunto anti-haitiano y racista. Y nomás se plantea una acción contraria, a sus deseos y se repite esta ideología que no tiene base histórica y que no puede ser leída dentro de la narrativa de nuestros dos países. Lo primero es que confunden a la oligarquía y a las élites dominicanas con el pueblo dominicano. Lo segundo, es que no entienden el proceso de negritud del haitiano ni el de acriollamiento mulato del dominicano. 
X
Pierden, en fin, los amigos acérrimos de Haití la perspectiva histórica y política de nuestros países. No concurro con Moreau de Saint- Méry, quien enDescripción de la parte española de Saint-Domingue,consideraba que no había prejuicio de clase en Santo Domingo a fines del siglo XVIII. Entiendo su parcialidad con la parte española, muy bien sazonada por los trujillistas en la edición dominicana de este libro (Mejía Ricart). No me extenderé en mis apreciaciones sobre este asunto por el momento. 
XI 
No dejó de existir el prejuicio racial en la parte española. Pero la lucha entre grandes blancos, pequeños blancos, mulatos y negros, los segundos como intermediarios y los primeros y terceros como esclavistas que se desarrolló en la parte francesa de la Hispaniola, no lo vivió la sociedad situada al este de la isla. 
XII 
Los dominicanos mulatos y pobres no podían querer ser como los haitianos; primero,  porque pocos conocían lo que se daba de aquel lado de la frontera delimitada en 1777 en Aranjuez. Y porque los mulatos no eran en Santo Domingo una clase pensante, ni eran clase ni eran pensantes. Cuando el mulato escribía lo hacía como blanco, como Sánchez Valverde. La relación de la parte Este con la Oeste era comercial, pero de aquellos productos que nos sobraban en los montes. El esplendor de Haití no desarrolló una economía capitalista en el lado Este. Las quejas sobre la haraganería y la falta de cultivos y caminos de los visitantes franceses, muestra entre otras cosas, que no había una ética del trabajo capitalista en los domínico-españoles. 
XIII 
Cuando los negros haitianos pasaron la frontera por primera vez lo hicieron en nombre de Francia y no en el de ellos mismos. Abolieron una esclavitud patriarcal. Y en esto hay algo que nuestros pensadores no han situado: si nuestra esclavitud era tan débil posiblemente nuestros “esclavos” no veían beneficioso una libertad, porque establecía una relación distinta, desde el punto de vista de las relaciones del trabajo. En un país donde no había ni tan siquiera circulación normal de la moneda, la relación, día trabajo, paga, podría haber sido un cambio perturbador. 
XIV

Pero en fin, las bondades de la abolición de la esclavitud en la parte Este pudo haber sido un triunfo de los historiadores, pero no una gran conquista de los esclavos dominicanos. Tal vez por eso no encontramos sociedades de libertos, ni proclamas ni la solidaridad de los esclavos dominicanos con los haitianos, ni la integración de esclavos dominicanos a las huestes de Toussaint o Dessalines cuando el francés napoleónico regresó con la clara intención de recuperar la colonia. Gesto bueno fue el de la abolición de la esclavitud, pero ¿para quiénes? 
XV 
La historia de las primeras décadas del siglo XIX en la parte española fue marcada por la lucha internacional de Francia e Inglaterra por rescatar a los grandes blancos haitianos y por los grandes blancos por encontrar asiento en el este de la isla, en Santiago de Cuba, en Puerto Rico o en Filadelfia. La onda expansiva de la Revolución negra en Haití cambió el Caribe y planteó nuevas estrategias, discursos y maneras de dominación; pero no cambió la percepción de las élites dominicanas sobre el negro haitiano. Ellas eran aliadas pobres de los grandes blancos y beneficiarias de la colonia francesa. 
XVI 
Ante la falta de una organización social y política que les permitiera construir proyectos nacionales como ocurría en México y Venezuela, los criollos nuestros que provenían de un régimen hatero tradicional, cuyos hijos muy pocos habían estudiado en Europa, que apenas conocían la imprenta y tenían algunas gacetas; que sus emplazamientos urbanos no se distinguían muy bien de los campos en los que existían conucos, estancias, hatos, monterías; que vivían en la plena miseria, no veían, ante la convulsionada realidad francesa, otra tabla de salvación que afirmarse en una monarquía española que los había abandonado  y que los despreciaba. 
XVII 
El dominicano no tenía, ni el de a pie —ni el oligarca— que mirar hacia Haití como un país deseado, pues el esplendor de la colonia fue barrido por la revolución y los nuevos republicanos haitianos estaban divididos entre ellos, y las prácticas políticas estaban cruzadas por autoritarismo. Los discursos de los generales haitianos en la parte Este era el de tierra arrasada. Es cierto que las élites intelectuales han sazonado bastante el memorial de agravios. Que la narrativa histórica de la dominicanidad por oposición allí se acuna, pero el ejército haitiano en el Este era una tropa conquistadora, como todo ejército en plan de conquista, el saqueo y la espoliación,  se encontraban a la orden del día. 
XVIII 
Pero la dominicanidad no surge de las élites anti-negras sino de un grupo de pequeño-burgueses blanquitos y mulatos, pensadores y soñadores como Juan Pablo Duarte, aguerridos e intrépidos como Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella. Para nuestra desgracia, los grupos oligárquicos que entran a última hora en el proyecto le dan su forma y los discursos que siguen la van a definir como una dominicanidad negrofóbica, anti-haitiana, blanca, católica y que se comunica en  español. 
XIX 
El proyecto de la fundación de la República quedó mediatizado, secuestrado y reducido a un deseo de modernidad de un grupo, potenciado por el autoritarismo, la concupiscencia de los bienes públicos, los intereses de la oligarquía y sus relaciones con imperios que podrían darle una estabilidad frente al otro haitiano. Pero nos ha quedado una figura frágil, pero maravillosa de un hombre como Juan Pablo Duarte cuyos sueños nos unen a pesar de no haber sido el hombre de acción que fuera Sánchez ni el ambicioso político que cada día nos joroba la existencia. 
XX 
Durante el proceso de independencia, los dominicanos tuvieron que emplearse a fondo para no dejar que los haitianos nos anexaran del todo a Francia, como lo pretendió Toussaint L ‘Ouverture, que  nos hicieran parte de su república negra, como lo quiso Dessalines, Boyer y Herald Ainé; los dominicanos en su mayoría mulatos, que no habían vivido las experiencias sociales y raciales de Haití no tenían razones para querer ser haitianos. Conformaron su identidad tambaleante, mestiza, en una situación de abandono y pobreza, pero con resulta inclinación a su propia independencia. El pensamiento anti-imperialista de Duarte es uno de nuestros grandes legados históricos. 
XXI
A pesar de esa fortaleza en cuanto al destino dominicano que surge de la pequeña burguesía comercial y capitalina, y que luego se acentuará en los productores de café y de tabaco que realizan la Restauración de la República en 1865, el dominicano no deja de ser un ser indefinido dentro de su complejo racial. Y aclaro que ésta es una percepción de lo que se dice, del discurso sobre la dominicanidad, pues el pueblo llano vive una serie de prácticas negro-africanas que van desde la forma de llorar a los muertos, disfrutar las fiestas, concebir el tiempo y preparar los alimentos… 
XXII
 El dominicano es bovarista porque aún no se ha concebido como mulato. Porque el Estado fue formado a nombre de una identidad esencialista, blanca, católica, hispánica, sin tomar en cuenta la realidad histórica, social y cultural del conjunto. La élite que ha difundido el pensamiento dominicano nos ha reinventado como tales con el propósito de perpetuar mediante signos y símbolos su dominación social, cultural y política. El discurso sobre la identidad del dominicano es un decir del poder, habla, que reproduce prácticas, que llena libros, que desangra tinteros y las fuentes de papel de nuestra prensa cotidiana. 
XXIII 
Para desgracia de todos los caribeños, el bovarismo no es un defecto que únicamente se le puede endilgar al dominicano, sino el resultado de nuestra condición racial y social caribeña; islas formadas en la diáspora africana, en la esclavitud para el capitalismo que Europa inauguró como comercio atlántico; en la más despiadada maquinaria de explotación establecida en algún lugar del mundo: más de veinte  millones de africanos trasplantados, desarraigados de su cultura, que hoy visten como Ti Noel, la capa verde y ridícula del autoritarismo de nuestros semejantes que se creen príncipes y condes, que miran al pueblo con desprecio y los usan a su conveniencia…
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