Comprendamos todas las vidas.Testimonio de una católica: María Javier

26 de Abril del 2009, 12:16 PM

Testimonio de una católica

Esa reforma constitucional esconde más de muerte que de defensa a la vida.

Lo digo desde el inicio para que no haya dudas: soy absoluta y radicalmente anti-aborto. Al principio de mi único embarazo, me dijeron que había la posibilidad de problemas de no sé cuántas cosas. Respondí que si había de parir un lagarto, yo creaba el hábitat adecuado para reptiles en el patio y le tomaba amor al verde. Con lo que sé de mí hasta ahora, creo que nunca me haría un aborto, así estuviese mi vida en peligro. Total, tanto la he arriesgado en los llamados "barrios peligrosos de Santo Domingo" que siento que la muerte me daría el premio de la vida eterna que aún no merezco. Lo aclaro de entrada por lo que voy a decir a continuacion:

1) Ninguna ley, disposición o prohibición constitucional, salva a un bebé (me niego a llamarle embrión) de ser abortado. El único lugar en el que se salva un hijo es en el corazón de la madre. Bien harían, a mi juicio, todos los que hacen vigilias frente al Congreso en detenerse un poquito a examinar el modo en que se acercan a las mujeres para ayudarles a amar a sus hijos engendrados.

Si queremos luchar contra el aborto y a favor de la vida del no nacido, comprendamos las causas de los embarazos no deseados, luchemos contra la pobreza extrema que causa tanta angustia a las mujeres pobres (cuántas historias he escuchado, Dios mío), tratemos de reducir los niveles de violencia familiar y las condiciones de hacinamiento que son fuente de tantas violaciones. Seamos más generosos y viendo menos televisión dediquemos más tiempo a dar educación sexual a las niñas y adolescentes de nuestros barrios. Seamos más proactivos, que es tarea más fácil poner el asunto este en una ley --y quitarnos la responsabilidad que tenemos todos los que creemos en la concepción como origen de la vida-- que luchar para defender la vida del no nacido, de verdad, no con pura cosmética. Para mi, esta modificación constitucional es lo más parecido a un maquillaje cosmético.

2) Soy católica, amo profundamente a la Iglesia, como ama un hijo a una madre: uno conoce sus defectos, pero no puede dejar de agradecerle la vida, en este caso, la fe. Pienso que nos hemos equivocado, y me averguenza el modo en que hemos querido imponer nuestra opinión a los demás. Hemos juzgado las intenciones de quienes piensan distinto de nosotros y los hemos condenado al fuego del infierno. Nos hemos creído mejores que aquellos que no creen que la vida comienza en la concepción. Jesús no se impuso. Jesús vivió y amó. Creo que nos ha faltado la humildad del que se pone en el lugar del otro, del que intenta comprender que pasa por la cabeza de aquellas que deciden abortar un hijo. Nos falta amar un poco más la historia de cada persona, estando conscientes de que Dios conoce el corazón del hombre y sus intenciones y que nosotros no lo podremos hacer nunca. Quizás esto que a mi me parece que es una equivocación coloque a la Iglesia, nuestra madre, en un lugar que obligue a los católicos a ser más humildes, a pedir perdón de nuevo, quizás no ahora, pero dentro unos años, como tantas veces ha pasado ya.

3) Por imponernos, los defensores de la vida hemos dejado que nos usen como distracción.... aprobado el artículo 30, como si lo demás no importara. Y no es así. Esa reforma constitucional esconde más de muerte que de defensa a la vida. Y no abundo más sobre el tema... los corazones y la "nobleza" de nuestros legisladores es conocida desde hace mucho tiempo, así que no digo nada nuevo si afirmo que al final del día a día este articulo no significa que la mayoría de nuestros congresistas aman y defienden otra vida, distinta de la suya.

La defensa de la vida, de toda vida humana, no puede ser selectiva: no podemos defender al no nacido, y que nos importe un rábano después que nace y es un niño de la calle, una mujer o adolescente violada, un hombre preso en esos almacenes humanos que son nuestros centros carcelarios. Eso es hipocresía. Y me perdonan. Si nos importa la vida, nos tiene que importar toda vida: la de los delincuentes asesinados por la policía porque para ellos --y al jefe de la Policía—parece que la vida de un delincuente no vale. Si nos duele la vida del bebé que nacerá con muchos problemas de salud, nos debe importar la vida de los ancianos de nuestros asilos (y de nuestras cárceles); si nos duele que un bebé no deseado sea asesinado, nos debe doler la vida de la madre que no lo desea... El texto constitucional, si quería defender la vida, tenía que escribirse de un modo que no sirviera de excusa para provocar muertes. O peor aun, para fastidiarle la vida a la mujer que lleva dentro al bebé. De hecho, solo por la gracia y misericordia de Dios este artículo no servirá para que los abortos clandestinos que se hacen y se seguirán haciendo en la República Dominicana, no maten a más mujeres, con sus hijos, de los que ya se están produciendo.

Tuve un embarazo difícil. No hubo nada que comiera que no me produjera un dolor horrible de estómago. Lo aguanté porque mi esposo y yo queríamos un hijito desde tiempo antes. Mi espalda, arruinada después de años cuidando a una discapacitada, se resintió, durante los últimos meses de embarazo caminé cojeando del dolor. Dormía unas cinco o seis horas en la noche, despertándome, cuando no por una cosa, por otra. Pero el amor por mi hijo me sostuvo y me mantuvo la alegría. Y no estuve sola. Mi esposo me acompañó, se desveló conmigo. Saber que mi hijo nacería en un hogar que lo esperaba y lo deseaba me hizo superar las dificultades. Durante todos esos meses no dejé de pensar en las mujeres con embarazos no deseados, las que están solas en la noche sin saber qué carajo hacer con su vida y la vida del que llevan dentro; aquellas que han sido abusadas por sus maridos, aquellas que temen que sus hijos no tendrán qué comer, aquellas muy pobres que no saben de dónde sacarán para conseguir leche; aquellas que son adolescentes que se embarazaron huyendo de un padre alcohólico refugiadas en un novio adulto, esas que están cansadas de oír que las mujeres que no tienen hijos "no están completas". No dejé de pensar es esas que llevan un embarazo así como el mío, pero sin el amor que a mi me sostuvo siempre.

Esas mujeres son heroínas y merecen nuestro respeto, nuestra compasión. Si deciden no seguir adelante, ya les tocara a ellas hablar con Dios de su decisión, pero recordemos: Dios es un padre que es todo amor y toda bondad. Él sabe comprender lo que nosotros no comprendemos y tiene en su corazón un espacio para el bebé abortado y para la madre que también aborta en el proceso. No podemos sustituir a Dios, ni al quitar la vida de otros, ni al pretender dirigirlas imponiendo nuestras ideas.

María Javier
http://acariciando.blogspot.com
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