Las intervenciones sobre el embarazo no son temas constitucionables: Pedro Luis Castellanos

POR LA SALUD

¡Rectifiquemos! Defendamos la vida y la democracia

Pedro L. Castellanos

lunes, 27 de abril de 2009

Que para algunos sectores resulte esencial creer que la vida comienza en el momento de la concepción, es su derecho, aunque es tema debatido en el campo científico como en el religioso. Es una creencia discutible, mas profesarla, predicarla y testimoniarla, son derechos que respetamos y nos alegra que puedan ejercerlos libremente.

Pero imponer estas creencias por vía constitucional a toda la población, convirtiendo en delincuentes a quienes no las compartan o no las cumplan, es un fundamentalismo inadmisible y, dado que las consecuencias prácticas son harto conocidas, nos acerca a la irresponsabilidad.

En las ciencias, lo que aceptamos hoy podría ser negado mañana, pero nada resucitará a Galileo, aunque fuéramos perdonados por la Inquisición y sus hogueras. No siempre lo que es pecado es delito y no siempre lo que es delito ha sido pecado. No siempre lo que la ciencia dicta como válido se ha conformado a la fe y viceversa.

En diversos credos se considera grave pecado transfundir sangre, las vacunaciones, comer carne de cerdo, mostrar el pelo o el rostro femenino, y solo son algunos ejemplos. Algunas de estas creencias podrán parecernos absurdas, pero para quienes las profesan, incluso en nuestro país, son parte esencial de su fe y ejercen su derecho. En su contexto, son tan importantes como para otros el enigma del inicio de la vida. Incumplirlos conlleva una carga de muerte espiritual y en algunas circunstancias incluso la muerte material.

He vivido situaciones difíciles ante personas que rechazaban sangre que requerían con urgencia. Recuerdo una comunidad que por razones religiosas rechazaba las vacunaciones indispensables para contener una peligrosa epidemia. Son situaciones complejas, en las que se entrecruzan vertientes científicas, éticas y culturales.

Si algunos de estos sectores pretendiera imponernos constitucionalmente sus creencias como obligatorias y penalizar como delincuentes a quienes no las cumplan, lo rechazaríamos como sectarismo e intolerancia antidemocráticos.

El debate constitucional no es sobre cuando comienza la vida. Es sobre si un sector, aun sintámonos o no parte de él y por mas respetable que nos parezca, debe imponer a todos sus creencias por la fuerza del Estado. Mas aun en temas tan debatidos en la ciencia y la ética, y afectar negativamente la sociedad en su conjunto, conllevándonos incluso a arriesgar injustificadamente vidas salvables.

Que es la vida y cuando comienza es un debate importante, pero el órgano constituyente no es el ámbito para dilucidarlo. No es un congreso científico ni un cónclave religioso.

En nuestra cultura occidental las concepciones teocráticas fundamentalistas, han sido superadas a partir del siglo XVIII. No se puede imponer por vía constitucional y por la fuerza del Estado las creencias religiosas de un sector sin sacrificar la condición democrática y laica del Estado. En un Estado democrático, el predominio de ideas y creencias religiosas debe ser promovido y ganado por la vía pastoral y con la predica y testimonio del ejemplo.

Sres. Asambleístas, aun estamos a tiempo. Rectificar es de sabios.

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