En Estados Unidos, se lucha con intensidad por una reforma sanitaria que cubra a 40 millones sin seguro de salud

Obama lucha por una victoria histórica


Demócratas y republicanos agotan sus argumentos sobre la reforma sanitaria - La votación de hoy en el Congreso puede marcar el futuro político de EE UU

ANTONIO CAÑO | Washington 21/03/2010

Barack Obama acudió ayer al Congreso en busca, por última vez, de los votos que pueden inmortalizar su presidencia. Cuando se vote hoy en la Cámara de Representantes la Reforma Sanitaria, se estará votando algo más que una ley : se votará por una misión en la que fracasaron todos los presidentes desde Harry Truman a Bill Clinton, por la solución, al menos parcial, de un problema que ha lastrado moral y económicamente a este país durante décadas y por un paso que puede decidir el rumbo político de Estados Unidos en los próximos años.

La emoción estaba a la altura del acontecimiento. Los nervios en el Congreso, donde todavía no se conocía anoche con seguridad si los demócratas cuentan con los 216 votos necesarios para su aprobación, se habían trasladado a la sociedad y a la calle. Todo el mundo parece consciente del momento que vive.

Los ciudadanos saturaron las líneas telefónicas de sus congresistas, a los que quieren comunicar lo que tienen que votar. El personal del Capitolio, todos convocados este fin de semana, no daba abastos para atender correos electrónicos y visitas. Los representantes del pueblo nunca se han visto tan claramente en ese papel ni tan presionados para actuar cabalmente. Saben que de este voto depende su reelección el próximo mes de noviembre.

Frente a eso, la presión de Obama, que ha hablado individualmente con 64 miembros de la Cámara de Representantes a lo largo de esta semana, cuenta sólo relativamente. Esto es política en su versión más brutal, esto es democracia en su versión más esplendorosa: la pugna entre dos modelos de sociedad llevada al límite y ante la mirada atenta de los electores, que son los que emitirán el último veredicto.

En esa batalla, los conservadores agotaban ayer sus últimos argumentos para caracterizar esta reforma sanitaria como la semilla de un sistema socialista, un intento de socavar los principios liberales sobre los que se asienta el modelo político norteamericano.

"Los republicanos saben que cuando esta ley pase se acabarán las leyendas inventadas y se descubrirán sus beneficios", dijo ayer Obama a sus colegas en el Capitolio. La ley que se vota hoy no pretende, desde luego, la nacionalización del sistema de salud de Estados Unidos. De hecho, seguirá siendo privado, sin espacio para la opción pública que pretendía en un principio Obama.

Si es aprobada, se producirá, eso sí, una mayor intervención del Estado en la administración de la salud. Los precios y la actividad de los seguros de salud serán regulados de forma similar a lo que ahora se hace con la energía o las telecomunicaciones. Se revisarán las reglas que rigen en el servicio que se presta a los jubilados para que no sirva sólo para enriquecer a médicos y hospitales. El Estado extenderá la asistencia gratuita a las personas sin recursos, exigirá a todos los ciudadanos disponer de un seguro de salud y ofrecerá subvenciones a quienes no puedan costearlo.

Es decir, estamos a las puertas de una profunda transformación de la sanidad norteamericana, pero no de la traslación a Estados Unidos del modelo soviético, como parece sugerir The Wall Street Journal, ni siquiera del modelo europeo, en el que el Estado se erige como único administrador.

La incertidumbre sobre la votación se explica por las características del sistema político de este país, en el que cada congresista actúa en conciencia y no como simple instrumento de la voluntad de su partido. Pero ese sistema produce también desajustes, como el de un grupo de congresistas demócratas enemigos del aborto que quiere aprovechar la oportunidad para incluir más fuertes restricciones a la ejecución de este tipo de intervenciones médicas con dinero público. Este grupo era anoche el que más resistencia ofrecía.

Otra dificultad de este proceso, que ha consumido más de un año de debates, es el de la complejidad del sistema de votación. Para sortear el hecho de que los demócratas perdieron la mayoría absoluta en el Senado, el partido del Gobierno tiene que recurrir a algunas maniobras parlamentarias que pueden aún generar dificultades, incluso demandas de inconstitucionalidad.

La Cámara de Representantes va a pronunciarse en votaciones separadas por el texto que aprobó el Senado el año pasado (cuando todavía había 60 escaños demócratas) y, posteriormente, por un paquete de enmiendas que el Senado se compromete a votar la próxima semana por mayoría simple. Los republicanos creen que todavía pueden plantear obstáculos en esa última fase. El texto que se apruebe mañana se convertiría en ley en cuanto lo firmase el presidente, pero es probable que éste espere a que el Senado apruebe las reformas pactadas. Un enredo legislativo que empaña ligeramente el logro histórico que hoy puede alcanzarse.


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