¿“Las mujeres ya no sirven”? ¿Qué hacer? (Artículo)

PUBLICADO EN LA SECCION FIRMAS DE CLAVE DIGITAL EL DIA martes, 25 de julio de 2006

Aprendizajes sobre Violencia de Género


Mildred D. Mata

La expresión con la que se titula el artículo, “las mujeres de ahora no sirven” es el decir de algunos hombres, y ¿por qué no?, de mujeres, también.

Se escucha en las aulas, en las actividades de educación para la prevención de la violencia de género entre parejas y exparejas, en círculos amistosos cotidianos, en las oficinas, en los salones de belleza...

Servir o no servir como mujer, ¿de qué depende? ¿Quién lo dice? ¿Por qué se dice? ¿En qué contexto se dice?

Veamos:

Una de las razones que se argumenta para sostener que las mujeres no sirven es que ahora tienen muchas relaciones y/o muchos maridos.

Cuatro fue el promedio de maridos que con cierta estabilidad habían tenido las mujeres del barrio de Buenos Aires, en Santiago para el año 1976. ¡Óigase bien!, año 1976.

Este fue el resultado del estudio realizado por la colega Trabajadora Social Lourdes Bueno y la autora de este artículo como parte de nuestra tesis de licenciatura en la PUCMM, Santiago República Dominicana.[1]

Las experiencias de relacionamiento de manera continua y paralela con realidades de clase media y clase baja permiten, que en muchos aspectos, se visualice que en República Dominicana se vive en mundos separados, según de que clase social se trate.

Desde muchas décadas atrás y aún actualmente, para las personas de clase media, tanto rural, como urbano, tener muchos maridos causaba un poco de desazón. No igual ha venido pasando para la mujer pobre de los conglomerados urbanos. En la tesis de la sub-cultura de la pobreza el que la mujer tenga muchos maridos es parte de la dificultad de la realidad económica que limita el que el hombre pobre pueda representar el rol de proveedor, lo cual hace que este no pueda mantener el vínculo conyugal, abandone el hogar, y la mujer siga buscando marido, para encontrar apoyo, sostenibilidad social, para llenar los requisitos de mujer no fracasada, y ¿por qué no?, para llenar su corazoncito de una ilusión, un compañero para caricias, para tener sexo.

Como puede observarse, muy lejos está la situación de búsqueda de maridos haciéndose depender de consideraciones morales, de que es propio de mujeres que no sirven.

En otro estudio en el que participé en el año 1982 en el barrio El Caliche, Cristo Rey, Santo Domingo, el 67% de las parejas vivían en unión libre[2]. Para las personas pobres casarse legalmente es un dolor de cabeza por razones de no poder solventar ni el más mínimo gasto ni para el papeleo, ni para una ceremonia festiva, y pasa lo mismo con el divorcio.

Recelan mucho de los compromisos económicos a compartir en caso de divorcio, esto principalmente de parte de los hombres, que hasta ahora son los que más tienen. Las mujeres ven el estatus de unión libre como un tránsito que las preserva más libres para poderse dejar en caso de que eso no funciona, y como tal, eso suele funcionar poco.

Lo que equivaldría a divorcio en las uniones libres, nos acercaría fácilmente a casi un cien por ciento de rupturas. En el estrato pobre, terminar con un cónyuge es el pan nuestro de cada día, y por eso la pregunta en el 1976 era, ¿Cuántas veces?

La mayoría de las parejas bajo matrimonio legal son de clase media, y en este segmento el 50 % se divorcia.

Otra de las vertientes de esta queja generalizada es la de que las mujeres quieren hombres con cuartos, resaltándose esto como parte del expediente que desdice de las mujeres.

Suelo decir con frecuencia que las creencias, percepciones, actitudes y comportamientos de las personas no salen del aire, y no se trata tampoco de que se han puesto locas, o degeneradas. En todo caso la degenrada es la cultura que todos y todas construimos.

Somos los que se nos enseña, actuamos en consonancia con los patrones culturales en los que nos socializamos y con los que compartimos con el resto de la sociedad. Es cierto. A las mujeres se les ha enseñado que el hombre debe enamorarla, brindarle, y hasta mantenerla, aunque este último patrón está cada vez más aherrojado, desfasado.

En esta tesitura se expresó una comentarista del artículo Seguridad Ciudadana y Género bajo el nombre de Baby. La autora argumentaba sobre las causas de la violencia en pareja y expareja. Ella decía:

“mildred, estás desfasada. Cuando todas las mujeres dejen de salir embrazadas jovencitas, y todas se dediquen a resolver sus problemas económicos ella solas, es que se va a acabar que los hombres sigan matando mujeres, y jodiendo, y celando. Educación!¡!¡! BABY”[3]

Hombres muy cercanos, por ser estudiantes, familiares, o amigos de quien escribe, descartan de plano que se pueda conseguir o tener pareja si no se tienen ingresos para gastar en el cortejo y durante la relación.

Los hombres se auto exigen esa condición. Pienso que este concepto de masculinidad presiona para que muchos hombres no culminen sus estudios, o no les den la importancia suficiente para posponer las conquistas sobre esa base, y estudiar; pues se ponen a trabajar jóvenes y pierden mucho la motivación. También trabajan para cubrir sus estudios, se dedican también a ser vida social con una gran necesidad de socializar con amigos/as, a la vida sexual que lleva gastos, y los estudios suelen sufrir las consecuencias. Suele ser baja la motivación y el rendimiento de los varones en el ámbito académico, aparte de que apenas son el 35 por ciento de la matrícula universitaria.

Mientras…, las mujeres siguen buscando un amor, una pareja romántica, un hombre como proveedor económico, o para representatividad social que las proyecte como “realizada” y que les dé protección. Las dificultades de los varones, como las dificultades de toda la sociedad casi imposibilitan relaciones estables en ese esquema.

Debido al desempleo, a los bajos ingresos, por la mucha presión de demanda que tienen los hombres “atractivos” para poder invertir en gastos que les permita ser galanes “solventemente eróticos”. Cuando el hombre no tiene trabajo, no tiene dinero suele no poder estabilizar la relación. Y las mujeres siguen buscando quien pueda llenar las expectativas con las que han sido enculturizadas.

Por lo que realidades estructurales hacen difícil una vida sin cambios de muchas parejas. Los hombres, y las mujeres que les acompañan que pueden ir establemente al mercado de la diversión, del flirteo, de relaciones sexuales, de discotecas, playas, etcétera, son muy pocos, lamentablemente.

Vista esta deplorable situación que complica el romance en nuestro contexto cultural y en nuestra realidad económica, se acrecientan los factores de inestabilidad de las parejas en las vidas de las mujeres.

Las mujeres están obligadas a saltar y a saltar y a buscársela. El imaginario social de hombre proveedor de una casa y del romance sobre el que hemos venido estando de pie se viene desplomando.

Las estadísticas que reportan mujeres solas cabezas de familia con sus hijos/as hablan a nivel de América Latina de un 38 a un 45 por ciento. En esas estamos en República Dominicana. Y vivir insultando a mujeres y hombres como que no sirven no resuelve. La visión, el deseo, el sueño, el ideal de la pareja estable no tiene mucha ayuda en la basamenta social y económica actual, con las expectativas de antaño.

Las mujeres y los hombres primero están obligados/as a sobrevivir, a enrumbarse económicamente, a ser autosuficientes. Las mujeres a estudiar, a buscar recursos, a hacer negocitos, a llevar sanes, a vender productos por catálogos, a montar salones de belleza, a vender jugos, a vender comida, al trabajo sexual, a viajar, a la fábrica, al trabajo doméstico remunerado, a cuidar muchachitos/as de las obreras vecinas…etcétera. El tiempo del amor, de ese amor de mujeres dependientes, de su casa, está muy complicado.

Luego que la mujer “se la bandea” económicamente se parece al hombre, dicen con amargura algunos. Hay una relación entre dependencia económica y servidumbre, baja autoestima, inseguridad, sumisión, sujeción, cosificación.

Y la dependencia económica y el desempeño económico de la sociedad no permite el antiguo y aún actual sueño de algunas mujeres de encontrar un hombre que las mantenga, ni en el primer, segundo, tercero o cuarto mundo. Y las mujeres están obligadas a parecerse a los hombres aún “sin querer queriendo”.

Dice Marvin Harris en uno de sus libros que ahora específicamnete no recuerdo, que la revolución cultural que experimentan las mujeres no se debe principalmente al trabajo de los movimientos sociales de mujeres y/o feministas; se debe, nos señala M Harris, a los cambios económicos que no permiten la reproducción de la masculinidad como jefe, de la calle, unilateral jefe, como proveedor único que se merece la jefatura única.

Hace unos diez años recuerdo que una investigadora extranjera hacía un estudio en zona franca sobre identidad y género, y ella se asombraba de que ante la pregunta de que quién era el jefe de la casa las mujeres decían que el hombre; y quien era el proveedor, ellas decían que el hombre, aún estando ellas trabajando remuneradamente. Quien trabaje con mujeres sabe que éstas suelen estar muy respetuosas del imaginario ideológico de la cultura. Pero la realidad, la dureza de la vida les exige autonomía, les demanda emocionalmente otro tipo de pareja que la que le propusieron a mi madre, a mi abuela, a mi bisabuela, a Salomé Ureña y a todas las mujeres de siglos atrás. Salomé Ureña como Penélope, escribiendo cartas y poemas, enfermando de tuberculosis, esperando a un marido que se fue por un año y llegó cuatro años después con un hijo. Las mujeres ahora sin saber bien las causas se jartan de la soledad unilateral, y como dicen algunos hombres “ya no sirven”.

Y se argumenta que son aviones, cartones, grillos,…porque andan en el medio, bailando, flirteando, teniendo sexo, cambiando de pareja para parrandear y que por tanto prefieren estar solteras, libres para cambiar de pareja, y hedonistamente andar de “sinvergüenzas”.

Cuando en los encuentros educativos los hombres señalan esto, surge la pregunta: ¿En esa situación, están las mujeres más sinvergüenzas que los hombres? Y acá viene la cultura con la doble moral, la discriminación de género: “una cosa es el hombre y otra cosa es la mujer, al hombre le luce, a la mujer no”.

Los hombres y las mujeres están sufriendo mucho en este tránsito económico, social, político y cultural. La cultura va muy lenta en nuestros países para hacer los cambios que le permitan a los hombres y mujeres interiorizar nuevas ideas, nuevas emociones, nuevos sentimientos, acordes con las nuevas realidades de la infraestuctura socio-económica como no los decía a algunos/as, Martha Hanecker, Carlos Marx, o como lo dice hoy cualquier libro de sociología. Y las relaciones están muy tirantes, y el medidor de quien sirve menos ya se está rompiendo, “ya nadie sirve”, porque el ideario ideológico no se sostiene.

Dado que el edificio de la discriminación de género se derrumba, ¿Qué vamos hacer con todos estos hombres y todas estas mujeres que “no sirven”? Pregunta risible, irónica. ¡Ubiquémonos!

Erich Fromm en su libro El arte de amar nos dice que en los humanos

“la vivencia de la separatividad provoca angustia; es por cierto, la fuente de toda angustia. Estar separado significa estar aislado, sin posibilidad alguna para utilizar mis poderes humanos. De ahí que estar separado signifique estar desvalido, ser incapaz de aferrar el mundo –las cosas y las personas- activamente; significa que el mundo puede invadirme sin que yo pueda reaccionar. Por otra parte, produce vergüenza y un sentimiento de culpa” (1959, página 19)[4]

Y acudo a Erich Fromm para hacer mi propuesta ante la conflictiva situación que nos ocupa a mujeres y hombres, porque como dice Alfred Adler, las personas nos acercamos a quienes sustenten nuestro endamiaje de deseos. Me encanta el amor, el romance, la afinidad, el encuentro humano, la disposición de amar, de dar… Erich Fromm y Alfred Adler son mis amores favoritos en este campo.

¿Y que propongo?

Propongo como plantean estos amigos, Adler y Fromm, una humanidad que ame activamente, que se disponga de una manera consciente hacia la vida en comunidad, en colectivo, en cooperación, solidaridad, altruismo. Amar de una manera que no nos lleve a matar o a maltratar a la otra persona cuando vemos amenazada nuestra integridad esencial de vivir dependientemente a través de otra persona. Separar de la idea del amor la muerte, la amargura, el escape, porque no se nos ha enseñado a construir la vida amando las flores, los perros, las sábanas, la calle, el patito, las hojas, los ríos; amar a todas las personas, amar a un a Dios, a la Diosa, o a los dioses de la naturaleza como hacían nuestros taínos. Amar a las amigas, a los amigos, a los hijos e hijas, a las hijas e hijos de nuestros vecinos y vecinas. A nuestros/as alumnos/as…, a nuestros compañeros de conuco, o de juego de dominó, o de béisbol.

En lo que vamos aclarando, aprendiendo a sostener un amor de pareja más igualitario, más democrático, démosle la bienvenida al amor, al poquito de amor que podamos compartir por un tiempo, sin cifrarnos la esperanza de un amor eterno, lo cual no depende exclusivamente de nosotros y nosotras. Y luego, si ese amor se aleja… Sólo llorar, llorar, y llorar, pero no maltratar, ni matar! Y si es necesario, y si se activa ese amor más exclusivo que algunas/os queremos, y buscamos…¡volver a amar… aún a mujeres y hombres “que no sirven”. La perfección es enemiga de lo posible.

[1]La familia en el subcultura de la pobreza de la pobreza: la matrifocalidad. Tesis de grado de Licenciatura de Trabajo Social.

[2]Fue parte de una investigación dentro del Proyecto de Mejoramiento Urbano del Caliche, INVI-GTZ.

[3].do/Firmas/Articulo.asp?Id_Articulo=7426&offset=24#Opi

[4]El arte de amar (The art of loving en ingles). Editorial Paidós. Edición del 2005. España

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