El arte de priorizar la vida (aún no podamos tener la custodia de los hijos e hijas)

PUBLICADO EN LA SECCION FIRMAS DE CLAVE DIGITAL EL DIA martes, 12 de septiembre de 2006

El trueque en el mundo de la cultura patriarcal es: mujer joven, elegante, hermosa, y hombre financieramente solvente.

Mildred D. Mata

A algunas familias y a algunas mujeres les encanta disfrutar de una relación con un hombre solvente económicamente. Eso está muy bien, “no problem”.

El “problem” comienza cuando se ciegan ante dificultades que pueda tener esa relación. Las comodidades y el acicate que tiene el poder económico para el “erotismo”, tapa, encubre, la objetividad para visualizar problemas futuros; visión objetiva que se torna mucho más limitada si el hombre no es tacaño.

Este tipo de hombre generalmente suele elegir pareja con una diferencia de edad y de experiencias, lo cual es propio de la cultura diferenciada de género, particularmente cuando el hombre pertenece a un nivel de riqueza superior al de la mujer.

El trueque en el mundo de la cultura patriarcal es: mujer joven, elegante, hermosa, y hombre financieramente solvente.

Estos hombres suelen ser muy materialistas, un poco agotados en emociones, y prácticamente ven a la mujer como un trofeo, un objeto a exhibir. Completa el menú de representatividad, respetabilidad y solvencia social que necesita para “coronar su éxito”, procrear hijos e hijas.

La mujer suele cerrar los ojos ante la realidad de que en el trueque generalmente se incluye “permiso” para que su pareja pueda tener otras parejas circunstanciales, amantes o queridas. Y resulta que el cónyuge no acepta tener relaciones protegidas, lo cual debe ser reflexionado seriamente.

Si la pareja no muestra sensibilidad a desarrollar su vida sexual con protección, y si desprecia o relativiza la salud en base al cuidado de sus genitales es hora de evaluar la pertinencia de la relación. El SIDA no es un cuento de niños. Porque lamentablemente muchas mujeres creen que sólo son las trabajadoras sexuales las que se protegen. Por esta razón, no exigen protección al hombre.

El poder tomar en cuenta todos estos factores de riesgo para una vida sin violencia se dificulta por la juventud de la mujer y el interés económico de las familias. La mujer joven suele ser impresionable. Ésta dura un período largo subsumida en las necesidades de su pareja, colmada de comodidades, protegida de precariedades económicas, con niños pequeños, entre otros factores que la encadenan. Esta facilidad de impresionarse facilita el que también la mujer fije emociones con mucha profundidad.

Las relaciones peligrosas o riesgosas para una vida sin violencia, e incluso para conservar la vida, suelen tener estos factores de dependencia. Cuando la mujer va madurando, se va sintiendo estafada por la doble vida y la cosificación. Y las prisiones son cada vez son menos operantes. Hay un sometimiento con el que se forcejea. Y a la mujer ya no le basta la vida holgada. Demanda afecto, respeto, menos control. Este tipo de hombre no acepta variaciones en sus patrones de vida, ni en la de “su pareja”, “su familia”. Y la relación se va volviendo paulatinamente violenta.

Cada día más se va rompiendo el patrón de silencio que suele acompañar a las mujeres que viven relaciones de parejas violentas. Ellas van conociendo de la ley 24-97 que condena la violencia, las amistades, familiares también, y en general hay una mayor repulsa a este tipo de trato abusivo por parte de toda la sociedad.

Alguien que tenga vivencias y reflexiones sobre violencia de parejas, puede pensar o decir: ese es el pan nuestro de cada día. En efecto, es cotidiano que las mujeres que viven en violencia permanecen atrapadas por temor a una vida con más estrechez económica, por el temor de perder los hijos e hijas, manipulaciones y por amenazas.

Sin embargo, de todos estos elementos quiero destacar uno. El cual cobra particular relevancia en este tipo de pareja. El poder del que tiene dinero para pelear y amenazar con quedarse con los hijos e hijas.

Esta amenaza toca con profundidad uno de los grandes apegos y trampas de las mujeres. La mujer que está viviendo una relación peligrosa, sin afecto, sin respeto, y sin la compañía solidaria de un compañero, es importante que ella, su familia y amistades redefinan el valor que tiene la vida y la felicidad de ésta.

Es hora de poner en perspectiva el valor de la mujer en sí misma. Es hora de que se revise el concepto que sólo ella puede quedar con la custodia de los hijos e hijas y que ella no tiene absoluto control del destino de los hijos. La mujer debe aprender a concebir que los hijos merecen una vida sin violencia. Que las hembritas aprenden otro modelo de mujer que no sea el modelo de la aguantadora. La mujer tiene que entender que no puede pelear por su autonomía, felicidad y dignidad si pone en primer y único lugar en su vida el conservar los hijos. Debe poner en su cabeza que son las cortes, o los Tribunales de Niñas, niños y Adolescentes quienes examinan los casos de cómo se relacionara la prole con su padre y con su madre, los turnos y ritmos para relevar el cuidado. Y que siempre pueden apelarse las decisiones de estos tribunales.

Una buena madre no se mide porque se obligue a permanecer en violencia para estar con su prole, sin importar la calidad de vida emocional y sus derechos.

Hay que aprender el desapego para aprender a vivir en paz. La violencia se recrea y alarga por la dificultad que tenemos de renunciar a algo, y de establecer prioridades. Todo, absolutamente todo es menos importante que conservar la vida. Si tenemos que dejar de vivir con nuestros hijos e hijas, siempre es preferible a tener que faltarles definitivamente. El tiempo, la compañía con los hijos e hijas se puede restablecer. Hay mujeres que aguantan violencia bajo la creencia de que es malo para los hijos la separación.

Precisamente es por el bien de los hijos e hijas que debemos terminar las relaciones violentas. La violencia se aprende, y el aprender el modelo de una madre aguantadora es asegurar prácticamente que las hijas copien este patrón humillante e indigno.

La mujer es una persona con necesidades, roles y derechos integrales. Se trata de un ser que además de ser madre es ciudadana y sencillamente como ser humano merece la felicidad.

Aún no logre tener a tiempo completo a sus hijos e hijas.
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