Por la libertad de conciencia. Escrito por: JUAN BOLÍVAR DÍAZ


12 Septiembre 2009, 10:22 PM



El chantaje religioso mucho daño ha hecho al cristianismo en siglos


Todo el que crea en la libertad de conciencia de los seres humanos está en el deber de rechazar el chantaje maniqueísta que a nombre de la fe religiosa se ha montado en el país para tratar de imponer en la Constitución de la República, y por lo tanto a todos los ciudadanos, el dogma de que la vida es inviolable desde que un óvulo es fecundado por un espermatozoide, sin ninguna consideración circunstancial.

Con el mayor desprecio por la conciencia de los demás se trata de imponer el criterio de que esa unión, que puede ser fruto del amor, pero también de la violencia criminal, y que es tan accidental que se practica miles de veces por día en los laboratorios de casi todo el mundo, tiene más derecho ciudadano que ese maravilloso ser humano que es la mujer o la madre.

Y lo que es peor, se ha manipulado tan ofensivamente la conciencia de los más ignorantes que el debate se ha presentado como si en el proyecto de nueva Constitución se estuviera intentando “saciar la sed de sangre de los abortistas”, mujeres y médicos “asesinos de niños”. Aunque no está en debate ninguna propuesta de constitucionalizar el aborto. Lo que muchos planean, en uso de su libertad de conciencia, es que se deje como materia del código penal, que es lo que ha ocurrido en toda la historia de la nación.

Si ese respetable predicamento religioso no ha figurado en ninguna de las treinta y siete constituciones que ha tenido el país, no hay razón para que se le dé rango constitucional cuando en gran parte del mundo las leyes han autorizado la interrupción del embarazo en circunstancias específicas, como cuando está en juego la vida de la madre, o si ha sido fruto de violencia criminal.

En el caso del embarazo ectópico ni siquiera se trata de escoger entre la vida del feto y la de la madre. Es que el producto de esa fertilización es científica y absolutamente inviable, que no tiene posibilidad de sobrevivir fuera del útero, ni de ser insertado en el mismo, que dejarlo desarrollar sólo sirve para explotar la trompa de Falopio de la mujer, producir una grave hemorragia y causar hasta la muerte, lo que ya sólo ocurre cuando la madre es pobre e indefensa.

No me cuento entre quienes creen que el aborto es sólo cuestión de decisión individual. Favorezco su regulación y lo creo improcedente en ciertos niveles del desarrollo del feto. Pero tengo que respetar a los que piensan lo contrario, y no me siento con derecho a estigmatizarlos ni condenarlos y mucho menos a nombre de mi profunda convicción cristiana. Como también respeto el derecho de los que predican hasta contra la prevención del embarazo por métodos artificiales legalizados en todo el mundo. Porque respeto a los demás y por auto respeto tengo que rechazar la apelación al chantaje y la amenaza a nombre de la religión, que tanto daño ha hecho al cristianismo a lo largo de sus siglos. No podemos ver con indiferencia que se pretenda dar rango constitucional a la concepción de pecado, como se hizo durante siglos con el divorcio.

Por razones profesionales seguí el debate que culminó en el 2004 en Chile, último bastión occidental de la prohibición del divorcio. Durante décadas algunas iglesias estigmatizaron y chantajearon a todo el que planteaba que el amor entre los seres humanos no se sostiene con preceptos constitucionales ni legales. Millones de chilenos se separaban y como no podían divorciarse establecían nuevas familias “ilegales”, con consecuencias emocionales y hasta de derechos para los hijos. Eso para la mayoría, porque todo el que disponía de diez mil dólares compraba una anulación del matrimonio bajo el alegato de que el acta contenía algún dato falso, por ejemplo la dirección de residencia de uno de los contrayentes. El presidente Ricardo Lagos, que promulgó el divorcio en Chile, no pagó ningún costo político, como se le amenazaba y ha quedado como un inmenso estadista.

Aboguemos todos porque en el debate constitucional prevalezca la racionalidad y porque los constituyentes voten de acuerdo a su conciencia, sin que nadie los amenace ni los estigmatice. En aras de la salud y los derechos de la mujer. Hay que rechazar el candado constitucional y luego mantener la demanda de que se autorice en el código penal la interrupción de cualquier embarazo que ponga en riesgo a la madre o que sea fruto de violencia criminal. Por respeto y amor a la vida. En libertad de conciencia.





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