“La persona de mi vida”: ¿un decir democrático?

Si con alguien disfrutamos tanto, por afinidades, humor, visión ideológica, compromisos sociales y políticos, sensibilidad, creatividad, altruismo, respeto, consideración, situación económica y valores comunes en torno al dinero y al trabajo, olores, erotismo, sabores, lenguaje y sentir corporal…etcétera, felicitémonos pues…

Hablo de relaciones que creo “ideales, pero muuuy ideales”

Pero ese sentir de disfrute:

Puede querer ser compartido sólo por un tiempo.

Ese sentir puede ser correspondido, pero no para hacer un acuerdo de exclusividad monogámica.

Ese sentir puede no ser posible, porque acercar esa otra persona nos puede derrotar éticamente y romper hermosos tejidos de amor de una o varias comunidades.

En estos días, he trabajado con hombres y mujeres que han tenido esta dificultad de una manera asombrosamente repetitiva.

Tengo en la mente tres casos:

1) Un hombre con varios colapsos nerviosos, vigilando, llorando inconsolable, apostando a tener una hermosa y unida familia con el “amor de su vida”, que ya no quiere seguir, y por eso la termina golpeando

2) Una mujer con varios intentos de suicidio, y varios intentos no muy serios de herir al cónyuge con armas punzantes.

3) Un hombre que después de ejercer violencia física en tres ocasiones, en el último acuerdo con el que ella lo liberta, dice: –yo la quiero, y yo sé que ella me quiere.

Y no es posible que salga de la cárcel porque el aferrarse a esa creencia, a ese deseo, es lo que genera la violencia.

Son cientos de miles de casos.

Dramas recreados por una programación cultural que prioriza el apego dependiente, y a eso le llama amor.

El verdadero amor quiere que la persona querida se sienta bien; se le respeta en sus deseos. Se le comprende y acepta en sus sueños, aunque en ellos nos piden que nos vayamos.

¿Qué hay detrás de esos amores frustrados, esos amores violentos para consigo y para con “el amor de su vida”?

Hay construcciones culturales e identidades:

Unilaterales, donde el otro, la otra no es percibida como sujeto dialogante, con deseos propios. En el caso uno (1), el hombre lleva los primeros seis años de la relación prácticamente al margen de la mujer, flirtea, tiene otras mujeres, sale con los amigos, bebe…¡hace su vida!, al margen de ella. Cuando siente que la relación se muere, que va perdiendo el espacio familiar y a la mujer, se arrepiente, se vuelca hacia ella, hacia sus hijos e hijas (tiene cuatro hijos e hijas). Pero de nuevo lo hace unilateralmente, sin tomar en cuenta lo que ella siente. Ella mantiene la relación bajo el marcador de: - voy a hacer un esfuerzo por mis hijos. Pero eso no le funciona. La relación esta rota. Ella no puede dar lo que se ha muerto, el deseo de amarlo, de aceptarlo. Y él impotente y subsumido en esa obsesión termina ejerciendo violencia. La unilateralidad es común a todos los casos.

¿Cómo es posible que alguien frente a otra persona la declare el amor de su vida, su “sueño acariciado”. ¿Cómo es posible que nos hagamos semejante ilusión de posesión del otro, o de la otra?

Y acá sale la segunda característica.

No tolerancia a que se le niegue algo. Es un mal generalizado, el que la violencia ocurre principalmente, cuando el hombre quiere tener sexo, y ella no quiere. No se trata de que ella no le quiera, ni quiera romper la relación. Se trata de que por algún desacuerdo, enfriamiento natural, o indisposición, ella no quiere tener relaciones y él la golpea, o le hiere verbalmente, la amenaza, destruye pertenencias personales o del hogar. Es un patrón que se alarga durante años. La mujer sumisa, acepta, depende, lo cree merecido por no acatar, obedecer,…Hasta que se juntan distintos factores, ante los cuales la enculturazión no funciona, no bastan sus arreglos manipuladores de culpa, temor, ansiedad…

Finalmente,

la persona no comprende que cuando intenta suicidarse, cuando ejerce violencia, menos respeto inspira, y más aleja a la otra persona.

Nada de esto tiene que ver con amor hacia la persona “amada”. Tiene mucho de pobreza espiritual de no saber amar a muchas personas, a la naturaleza, a muchas comidas, a muchos intereses, a muchas riquezas de la abundancia de amores que hay en el universo. El amor verdadero ama, comprende, deja libre, respeta. El amor verdadero es una actitud, es un estar disfrutando a las personas y a los objetos que nos rodean, sin importar la persona, con quien se esté y en cual espacio, o entre cuáles objetos o partes de la vida.

Amar…amor…no es posesión, no es dependencia y obcecación.

Amor es amor para todos y todas.
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