LUC FERRY Filósofo y ex ministro francés

ENTREVISTA.

"Nuestros móviles pesan menos, pero nosotros no somos más felices"


J. RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid - 12/06/2007

Hace algunos años, un amigo le pidió a Luc Ferry (París, 1951) que le explicara con sencillez para qué sirve la filosofía. De aquella pregunta surgió el ensayo Aprender a vivir, que ha vendido en Francia 300.000 ejemplares y que Taurus publica ahora en España. En un hotel madrileño, Ferry aclara que aquel amigo era Dominique de Villepin, colega suyo en el Gobierno francés, en el que el filósofo ejerció como ministro de Educación entre 2002 y 2004.

"Prohibí los símbolos religiosos porque se reprodujo en las escuelas el conflicto de Oriente Próximo. Quise evitar la guerra entre niños"

"Avanzamos sin saber adónde y no controlamos el proceso. La experiencia más fuerte que tienes cuando llegas al poder es que no tienes poder"

Pregunta. ¿Para qué sirve la filosofía?

Respuesta. Nuestra sociedad es muy moral y muy poco espiritual. No hay respuestas para cuestiones como la muerte, el amor o el aburrimiento. Antes se ocupaba de ellas la religión, ahora no se ocupa nadie.

P. ¿Por eso dice que la filosofía es una espiritualidad laica?

R. La filosofía habla siempre de la salvación, pero por la razón, no por la fe. No basta con dejar de ser creyente, y yo no lo soy, para que las grandes cuestiones dejen de plantearse.

P. Escribe usted que las civilizaciones que no han conocido el cristianismo y su sentido de la igualdad tienen dificultades para alcanzar la democracia. ¿No cree que los países árabes puedan ser democráticos?

R. El cristianismo es la religión que, paradójicamente, ha permitido la salida de la religión porque, potencialmente, es democrático y laico. Además de que defiende la igualdad más allá de los talentos
naturales, no impone leyes sobre la vida cotidiana, sobre la forma de comer o vestir. Las leyes que hay son recientes, no están en los Evangelios. Los musulmanes y los judíos aceptan peor la separación entre religión y Estado. Israel es un país democrático pero no laico.

P. Como ministro, usted prohibió el uso de símbolos religiosos en las aulas.

R. Si hubiera sido español no habría hecho lo mismo, pero Francia es un caso particular. Tiene la tercera comunidad judía del mundo y la mayor comunidad musulmana de Europa. Durante la segunda Intifada se dio en las escuelas un reflejo del conflicto de Oriente Próximo. Los
jóvenes árabes, venidos del Magreb, hacían de palestinos y atacaban a los judíos. Yo quise evitar la guerra entre niños. No se prohibieron las cadenitas con la cruz, la media luna o la estrella de David, sólo los símbolos militantes. Muchas niñas musulmanas me pidieron esa ley
para que sus padres no las obligasen a ponerse el pañuelo.

P. Durante las elecciones presidenciales en Francia, Sarkozy criticó la herencia de Mayo del 68. Ségolène Royal la defendió. ¿Para usted es positiva o negativa?

R. Las dos cosas. Mayo del 68 culmina una oposición entre vida bohemia y vida burguesa que conduce a todas las deconstrucciones del siglo XX: se deconstruye la tonalidad en música, la figuración en pintura, la moral tradicional... Se perdieron valores, sí, pero también se liberó el inconsciente, la sexualidad, la intimidad...

P. ¿La educación no se ha resentido?

R. Sí, junto a los valores tradicionales se destruyó también la autoridad. En los colegios se ha impuesto la ilusión pedagógica: primero hay que apasionar a los alumnos y después hacerlos trabajar. Es al revés. Uno sólo trabaja por obligación. No hay espontaneidad en
el aprendizaje. A todos nos ha marcado algún profesor, y solía ser un gran carismático que nos hacía trabajar, no un animador cultural. La ilusión pedagógica nos dice que podemos reemplazar el trabajo por el juego. De ahí el desastre. Hay que inventar nuevas formas de autoridad sin volver atrás como reaccionarios. Los pilares de la
educación europea son griegos (por la cultura), judíos (por la ley) y cristianos (por el amor). Si damos el amor sin la ley, no funciona.

P. ¿Estar en el poder cambió su forma de pensar?

R. Podría decirle que descubrí los presupuestos, pero es más profundo. En Europa tenemos una nueva generación de líderes: Zapatero, Sarkozy, Merkel. Son jóvenes y seductores, pero son pragmatismo puro. Adaptarse a la globalización es necesario, pero insuficiente, es el medio, no el fin.

P. ¿Y cuál es el fin?

R. La primera globalización, la de la ciencia moderna, quería comprender el mundo para dominarlo. Con dos metas: ser más libres y más felices. La globalización actual no tiene un objetivo superior, sólo sigue la lógica del mercado, donde la competencia es un fin en sí mismo. Si un programa de televisión no tiene audiencia, desaparece. Nuestros móviles pesan menos pero nosotros no somos más
felices. Avanzamos sin saber adónde y, además, no controlamos el proceso.

P. ¿Cuando un filósofo se hace ministro se vuelve más pragmático?

R. La experiencia más fuerte que tienes cuando llegas al poder es que no tienes poder. El proceso se nos escapa. Tenemos las apariencias del poder: coches, banderas... Como mucho, un ministro puede alegrar o fastidiar la vida de 300 personas, ahí se acaba todo. Si alguien
moviera los hilos de la marioneta, como creen los militantes antiglobalización, estaríamos de enhorabuena. La lógica del mercado es anónima y ciega. Los políticos tienen ahora mucho menos poder que hace 40 años.

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