Religiones y machismo: Sara Pérez


Los úteros y su registro de propiedad

Por Sara Pérez

READING PA.- El asunto es anterior a Cristo y hasta a Yahvé, cuando el tipo más vago y sabichoso de una tribu se dio cuenta de que no tenía que trabajar y de que nadie lo contradecía, si se ponía en la cabeza un penacho más grande que el de los demás, se hacía llamar con el título "Su Eminencia, Don Brujo" y aseguraba que representaba a Dios en la Tierra.

Desde entonces hasta hoy, la humanidad ha vivido bajo la manipulación y el asedio de las religiones y de unos cabecillas tan arrogantes que han terminado por creer ellos mismos lo que han contado a los demás: que por disposición divina tienen el derecho a decidir lo que conviene a todos. Y especialmente a todas. Porque a la postre, no ha existido un sector de la población mundial más maltratado por la generalidad de las religiones, que las mujeres, a pesar de que ellas constituyen la mayor parte de su clientela cautiva. Y nunca mejor usada la palabra cautiva para referirse a una clientela.

La más grave de las agresiones perpetradas contra las mujeres desde los litorales religiosos es la de considerarlas como una especie de animales domésticos, que cuando nacen ya les han diseñado una agenda con mucho en común con las de las gallinas, que según los dueños de las granjas, llegan al mundo a poner huevos.

Las religiones no se han explayado en ningún renglón de sus copiosos cánones de forma más prolífica, extravagante e irracional, como cuando se han sentado a dictar lo que consideran apropiado en las conductas femeninas y lo que se necesita para controlarlas.

En unos sitios, un Dios más voluble que una veleta en tiempo de ciclones, les ha dicho a sus representantes terrícolas que a las mujeres hay que mutilarles el clítoris para garantizar su decencia. En otros, les ha recomendado que les prohíban enseñar los cabellos, levantar los ojos, enseñar los tobillos, formar parte de la jerarquía religiosa, entrar a las mezquitas o pintarse las uñas de rojo, entre otras muchas disposiciones, cual de todas más ridícula, hechas siempre a imagen y semejanza de alguna asamblea decrépita.

No hay un trozo del cuerpo humano que desencadene más afanes de poder entre los jerarcas de las religiones que los úteros femeninos, cuyas funciones, horario de trabajo y hasta raciones o anulaciones de gustos, quieren programar desde todas las denominaciones religiosas, incluyendo algunas que se supone no tienen nada que andar buscando entre las piernas de una mujer.

Todo está relacionado con la definición explícita e implícita y no revisada, de la mujer como utensilio o animal doméstico y subordinado, propiedad sobre la que otros tienen la prerrogativa de tomar decisiones, incluso en los casos en los que la propiedad corre el riesgo de perecer.

Con esa clase de antecedentes se explica que la misma iglesia que dice que la guerra se justifica en determinadas circunstancias, también afirme que un aborto no se justifica, aunque el embarazo sea producto de una violación o amenace la vida de la afectada.

En República Dominicana, como en el resto del mundo, la Iglesia Católica se ha desempeñado con la mayor versatilidad, desde brazo teórico, (y muchas veces práctico), de una colonización genocida, hasta sostén de dictadores sangrientos, aval de gobiernos corruptos, fuente ideológica nutricia de agresiones y discriminaciones étnicas, de género y por preferencia sexual, peticionaria de favores y condescendencias en beneficio de algunos delincuentes de cuello blanco, gestora de fabulosos privilegios económicos a favor de una plutocracia de la que ella forma parte, ejemplo inspirador para sectores que se han ungido a sí mismos con el atributo de accesar a bienes públicos sin los controles pertinentes y con favoritismos inexcusables.

Al parecer, totalmente incapaz de hacer el más mínimo acto de contrición al mirarse a sí misma en el espejo de su historia -y de su muy imperial contemporaneidad- esa iglesia insiste en su vocación de gobierno del mundo, sin reparar en los atropellos en los que incurre con su anacrónico reinado medieval, con su sed de poder absolutista, con su pedante y arbitraria pretención de diseñar políticas gubernamentales de aplicación masiva en una sociedad que si aspira a ser democrática, no puede gobernarse con los postulados de un grupo religioso, afectando los derechos de otros sujetos sociales.

Uno de los más graves pecados de esa iglesia, (perpetrado también en otros lugares), fue el de aliarse con Trujillo en El Concordato, para establecer formalmente las especificaciones sobre el tipo de ciudadanos que debían producir los poderes educativos en la sociedad dominicana.

El producto educativo ideal de esa alianza gobierno-iglesia, que retrotraía a la academia y a la sociedad dominicana a un arcaico prepositivismo, era el borrego dócil, adepto a Trujillo y devoto, sin dudas teológicas, sin angustias existenciales y sobre todo, sin suspicacias en torno a la probidad de la jerarquía eclesiástica, ni a la justeza o racionalidad de sus causas. Las mujeres no tenían voz ni voto entre los capataces de esa finca.

Los tiempos, que nunca debieron ser así, han cambiado.

La República Dominicana es uno de los muy pocos países del mundo en el que, por presiones religiosas, no es legal el aborto terapéutico, con el que una mujer pueda interrumpir un embarazo que la ponga en riesgo de morir o que sea producto de una violación.

Ningún cura, níngún ayatollah, ningún talibán, ningún dalai lama, ningún papa, ningún brujo, ningún cardenal, ningún mulá, puede adjudicarse el derecho a títulos de propiedad sobre los cuerpos de las mujeres. Ni a inmiscuirse cuando en medio de los traumas y angustias de un embarazo de alto riesgo, estas deban tomar decisiones que solo les competen a ellas.

cleo264@yahoo.com
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