Desigualdad del pecado del aborto: Susi Pola

SANTIAGO.- Las posiciones encontradas que sobresalen en el proceso de despenalización o no del aborto, tienen. por un lado las mujeres organizadas de la sociedad civil y por el otro, la iglesia la católica; situación que se corresponde a la postura socio cultural de ambos colectivos: la Iglesia católica es la institución más androcentrista, resistente y misógina, en la cultura patriarcal, así como la de mayor influencia y poder económico, atributos que históricamente ha utilizado para mantener su peso a través de vientos y mareas. Hay que ver tan lejos como se pueda, y como dice el columnista y político de derechas boliviano, José Brechner, pasadas épocas teocráticas, y al advenimiento del cristianismo y el papado como institución, la Iglesia se arrimó a las monarquías europeas otorgándole al rey un aire casi divino mientras se le permitiera al clero ejercer su influencia sobre la plebe y garantizar su seguridad institucional.

Esta alianza, que ayudó a los nobles a conservar sus riquezas y dominar sin armas a sus súbditos, se perpetúa en nuestros días en la clase política de nuestros países latinoamericanos y a la presión ejercida en las últimas semanas por la Conferencia del Episcopado Católico Dominicano, me remito, como un chantaje abierto de un colectivo que se atreve a "exigir al presidente de la República que se pronuncie", midiendo su vara sin disimulo. Y también a la respuesta adocenada de algunos políticos que en su infeliz carrera hacia el poder a ultranza, hasta viajan al Vaticano con el casero chisme de los "desargumentados", especie política que, justamente con bendiciones sacramentales y mucho dinero para repartir, no acaba de morir.

Ya quisiéramos que esa parte de la Iglesia, que es jerárquica y se separa de teólogos/as, sacerdotes y feligresía que piensa diferente, reclamara con la misma vehemencia por la vida de las miles de mujeres, niñas y niños que pierden la salud y la vida ¡por la violencia machista! Que aclarara los abusos pedófilos de Higüey; o nos diera razón de la suerte "divina" que se llevó para siempre a todos los imputados de aquellos hechos, para seguir en los "secretos". También, que comentara frontal, sana y abiertamente, el reconocimiento público, en marzo del año 2001 por El Vaticano, de centenares de monjas en 23 países, la mayoría en Africa, que sufrieron abusos sexuales, a veces sistemáticos, por parte de sacerdotes y misioneros, hechos denunciados por las religiosas norteamericanas Maria O'Donohue y Maura McDonald y publicados por la revista norteamericana National Catholic Reporter y toda la prensa europea de entonces. (La religiosa Maura O'Donohue, mientras era coordinadora del programa sobre el sida del Fondo Católico de Ayuda al Desarrollo, Caritas, presentó un informe sobrecogedor al presidente de los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, el cardenal español Eduardo Martínez Somalo, quien sorprendido por las dimensiones del problema, encargó investigar la situación a un grupo de trabajo presidido por la otra religiosa Maura O'Donald. La investigación dibujó un panorama aún más inquietante, con una lista de abusos que incluyó casos de novicias violadas por los sacerdotes y hablaba de médicos/as de hospitales católicos que asediados por sacerdotes que les llevaban "a monjas y otras jóvenes para abortar", hasta citar el caso extremo de "un sacerdote que obliga a abortar a una monja, ella muere y él oficia la misa de difuntos" por la joven fallecida). Conversaciones que no se pueden ya esconder ni minimizar, porque aunque la mayoría de los jefes eclesiales sigan creyendo en mantener la imagen impoluta al precio que sea, la mayoría de la feligresía, acompañada por un buen número de sacerdotes y mujeres consagradas, quieren hablar con la franqueza que sana y regenera, para no seguir girando sobre tantos "cadáveres", reales y figurados, mientras se echan bendiciones vacías y peligrosas.

La parte de la Iglesia Católica que ocupa este análisis, tiene que reconocer que su discurso en la presente coyuntura, es más hueco que nunca, porque no se corresponde a la realidad de su feligresía; porque promueve un modelo de vida que no practica; porque es selectiva e implacable con el llamado prójimo y sus circunstancias; porque tiene demasiado apego a los bienes terrenales para pedir espiritualidad; porque es ciega a los peores pecados sociales cuando los cometen los poderosos y porque se desconectó hace mucho de la oración del pueblo. Pero sobre todo, ¡porque pedir perdón cada quinientos años no tiene el menor de los sentidos!

susipola@gmail.com

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